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24/05/2020 :: Nafarroa

Siete días de mayo

x Aitor Balbás Ruiz
Este Gobierno tiene un montón de ideas estupendas, como todos los demás gobiernos, y va a hacer toneladas de planes. Por planes no va a ser.

Este Gobierno tiene un montón de ideas estupendas, como todos los demás gobiernos, y va a hacer toneladas de planes. Por planes no va a ser. ¿De dónde va a salir el dinero que hace falta? Sé cómo me dices pero no ha venido.

14 de mayo, a media mañana. Una criatura de veintidós meses coge un taburete, lo arrima a la cocina, se incorpora, toquetea la placa, enciende uno de los fuegos, pone la mano encima y se oye un alarido. Deduzco la secuencia a posteriori, tras echar un vistazo al lugar del crimen. Observo la mano. Está muy roja pero no hay ampollas ni huele raro. Confirmada la autonomía del individuo, el método Pikler funciona. Hay daños colaterales, cierto, pero se impone una valoración positiva del evento. Es para sentirse orgulloso, una cosa que hemos hecho bien. Me lanzo en busca de la crema de caléndula que nos regaló el hippie aquel. ¿Y el confinamiento qué tal? Muy bien, gracias. Mi compañera, mis dos hijos, mi hija y yo no paramos de reírnos. A ver si algún día alguien nos explica por qué.

14 de mayo, al mediodía. Leo en la prensa que la Sociedad Francesa de Pediatría y otras veinte asociaciones pediátricas galas han recomendado la vuelta a las aulas, cuanto antes mejor. Por el bien de la salud de las personas pequeñas. Sin más dilaciones. Leo también que el presidente francés Emmanuel Macron y su consejero de Educación dicen que hay que retornar cuanto antes a los centros escolares. Por razones políticas. Es increíble que todavía se hable de razones políticas a estas alturas de la pospolítica. En concreto, mencionan dos: que los dos progenitores puedan seguir trabajando, y que los menores de los sectores más vulnerables tengan garantizada una comida de calidad al día. Eso lo dice la derecha institucional francesa. ¿Y la izquierda institucional de aquí? No sabe no contesta. En ocasiones, lo que mas me gusta de la izquierda institucional al sur de los Pirineos es la derecha institucional al norte de los Pirineos. ¿Y el confinamiento qué tal? Pues qué quiere usted que le diga, no se me ocurre un plan mejor. Y todavía no he lanzado a nadie por la ventana, pero no hay que relajarse, que el partido dura noventa minutos y no hay rival pequeñito.

14 de mayo, por la tarde. Aterriza en el ordenador un comunicado unitario de los sindicatos de enseñanza de Navarra. Están todos. Solo faltan San Miguel de Aralar, Osasuna y la Volkswagen. Empiezo a leer. Seguridad sanitariacriterios pedagógicoscondiciones objetivas. Esto último me recuerda a los cursos de formación para entrar al Partido. Sigo leyendo. Detecto errores ortográficos, sintácticos, tipográficos y estéticos pero no me desanimo. Ninguna mención a la salud psicosocial de quienes van a estar sin clases durante medio año. Ninguna mención a la escuela pública como el gran mecanismo de nivelación social, el último dique ante la ley del más fuerte. Continuo leyendo. Planes de contingenciatest masivosformas consensuadasteleaprendizajevideoconferencias. Con la mitad de la mitad, tienes una canción de La Polla Records. Voy acabando. No hay ninguna lectura de coyuntura política en clave sindical, pero no me extraña, con tantos años de mal discutir por estas tierras. Tampoco he visto nada en clave de sindicalismo de clase. Algo que describa oportunidades de asaltar los cielos en vez de temor y muermo. Quedan media docena de líneas, me resisto a dejarlo. Acabo. A pesar del tono solemne, la prosa burocrática ha llegado política y socialmente cadavérica al final del folio. Me pregunto si habría cambiado algo en caso de que el sindicato libertario al que llevo afiliado veinte años hubiera estado entre los firmantes. Nota final: suspenso. A recuperar en septiembre. Los redactores que sean miembros de departamentos de Lengua y Literatura, si los hubiere, al rincón de pensar. ¿Y el confinamiento, qué tal? Estamos como queremos. Y más ahora, que acabo de encontrar aguja e hilo y he localizado, en la cesta de la ropa sucia, la oreja izquierda que mi hija me había arrancado de un mordisco.

17 de mayo, por la noche. Mi proveedor habitual me suministra el enlace de una entrevista al consejero de Educación del Gobierno de Progreso de Navarra en la prensa local. El masaje, ese gran género periodístico provinciano. Vamos allá. El señor de la fotografía está aseado y su ropa es elegante pero hay algo que no cuadra, como cuando se te acerca alguien el seis de julio, después de muchas horas y sustancias, y detectas rápidamente que la conversación no fluye. Leo. Enorme esfuerzoseguridad jurídicaprocesos educativosreorganización curricular. Empatizo con él. Por un momento, me lo imagino en una buhardilla de Leningrado escuchando la sinfonía nº 7 de Shostakóvich entre el fragor de los bombardeos nazis. Luego recuerdo que es un político profesional al que le parece normal cobrar un salario de 5.700 euros al mes, más las dietas, y cambio de sensaciones. No encuentro nada parecido a una evaluación concreta respecto al alumnado de las familias precarizadas. Ninguna alusión a menores con diversidad funcional. Tampoco hay nada sobre familias monomarentales, ni de mujeres que dejarán de trabajar para cuidar a su prole, ni del confinamiento en hogares desestructurados, ni de las viviendas con los dos progenitores en paro. Ni rastro de que, sesenta días después, las personas pequeñas sólo pueden salir una hora al día a la calle. Una hora de patio, veintitrés de celda. No hay que politizar la Educación. Continúo, ahora ya en diagonal. En resumen, se cierra todo hasta septiembre. Corrijo: las escuelas infantiles privadas podrán abrir durante el verano. Las parejas que tengan que trabajar en julio y agosto, que paguen. En septiembre, ahí sí que sí, este Gobierno va a darlo todo y no va a permitir que el alumnado desfavorecido arranque el curso aún más desfavorecido. Este Gobierno tiene un montón de ideas estupendas, como todos los demás gobiernos, y va a hacer toneladas de planes. Por planes no va a ser. ¿De dónde va a salir el dinero que hace falta? Sé cómo me dices pero no ha venido. O cuéntamelo tú, que a mí me da la risa. Consumido por la excitación de las declaraciones oficiales, le pregunto a mi proveedor habitual si tiene algo de docentes dispuestos a impartir clases en junio, julio o, incluso, agosto. Me contesta que hará cualquier cosa por conseguírmelo. Sabe que me gusta vivir al límite. ¿Y el confinamiento, qué tal? Estupendamente, hacía tiempo que no nos lo pasábamos tan bien. Me acabo de enterar de que el revuelto de setas de la cena tenía dos superzings que alguien ha colocado en la sartén en un descuido del cocinero. Me sacan tarjeta amarilla pero protesto: sí, los hilillos morados hacen un poco raro en el plato, pero el sabor es el de siempre.

19 de mayo, horas vampíricas. Sueño entrevelado. Veo mi vida pasar por delante de mí. Me detengo en un fotograma del Paleolítico digital, a principios de los ochenta. Me invade la nostalgia. Se ve la Ikastola Municipal de Fuerte Príncipe. La primera escuela pública en vascuence de Euskal Herria. Recuerdo las mudanzas constantes, el ir de aquí para allá, barracones prefabricados, gravilla, charcos. Todo era de mala calidad menos la pasión por la libertad, por la justicia social y por el euskera de aquella apyma y de aquel grupo de docentes-militantes. La administración, como siempre, daba largas a las demandas de un edificio propio. Y, entretanto, tenía tiempo y dinero para levantar un nuevo centro en el barrio de La Milagrosa. Se acabó de construir aquello y quedó vacío. En un solar en las afueras del barrio, en medio de ninguna parte. Vacío a la de una. Vacío a la de dos. Vacío a la de tres... ¡Ale-hop!, ya no está vacío. Adjudicado a la comunidad educativa de la Ikastola Municipal, que lo acaba de okupar. Recuerdo la fila de furgonetas de la Policía Nacional en la calle el primer día de clase. Y los funcionarios del orden público vestidos de marrón. Y a una maestra murmurando: nik ez dakit zer egingo duten kanpoko horiek. Y hasta hoy, pero qué quieres, aquel profesorado estaba lleno de comunistas. Una pena que, como leí hace varias semanas en un obituario urgente a Chato Galante, anticapitalista de los irreductibles, la mayoría de aquella generación perdiera la pasión revolucionaria. De aquellos polvos, estos lodos. ¿Y el confinamiento, qué tal? Me alegro de que me haga usted esa pregunta. Mi compañera habla por los codos mientras duerme, el primogénito y yo hemos sincronizado por fin el tic del ojo derecho, la hija mediana tiene heridas en los dedos de los pies de morderse las uñas, y el pequeño está dejando las paredes de la casa como el metro de Nueva York. Por lo demás, todo sigue a pedir de boca.

21 de mayo, de madrugada. Hoy por la noche se han despertado las tres personas pequeñas. Escribo un decálogo entre las brumas de la vigilia. Se titula “Todo para los txikis, pero sin los txikis”. Los niños y las niñas son personas con derechos, no vectores de transmisión, un respeto, cabrones. Un gobierno progresista los ha colocado en la lista de prioridades por detrás de los perros, los traficantes de armas, los obispos, los banqueros y los jugadores de pádel. Los niños y las niñas tienen que estar con su gente, que no son sus madres ni sus padres, sino sus iguales. Lo más parecido a una familia tradicional es una familia moderna. Lo más parecido a un gobierno carca es un gobierno progre. El cubo de las ideas de los sindicatos de enseñanza socialdemócratas, amarillos y patriotas está más vacío que los lácteos del frigorífico en la noche del viernes. Hay que comprar yogures de veinticuatro en veinticuatro. Cualquiera puede ser consejero de gobierno. Iñaki Perurena levantaba la bola esférica de cien kilos mil veces en cinco horas, pero no habría podido con las gónadas del elenco del Gobierno de Progreso de Navarra. En comparación con las notas de prensa de los sindicatos de enseñanza, el informe que ha publicado hoy Save the Children parece un editorial del Combate que repartíamos en la célula universitaria cuando estudiaba Geología. ¿Y el confinamiento, qué tal? Con ganas de más. En otoño, por ejemplo. Pero, por favor, con un poco más de protección, que el vecindario no acaba de sentirse seguro. Bastará con un par de policías en moto subiendo y bajando la escalera del bloque, una tanqueta en el portal, y un portaaviones en el Arga, si no es mucho pedir.

Momento indeterminado del 21 de mayo. Estoy absorto en mis pensamientos. Hace muchas décadas que no se machacaba a una generación a una edad tan temprana. Algún día, alguien tendrá que pedir perdón por el desprecio y maltrato que han sufrido millones de personas pequeñas durante este confinamiento. No me interesan las justificaciones. Sólo quiero saber dos cosas: cuánto dinero se va a dedicar a las secuelas y de dónde va a salir. Oigo sirenas de los bomberos. Me asomo al balcón. El parque infantil que hay en frente de casa está ardiendo. Varias decenas de niños y niñas jalean las llamas. Cantan. O jugamos todos o pinchamos el balón. Llegan los antidisturbios y se dispersan. Me doy cuenta de que estoy solo en casa. Sonrío. Hay esperanza.

https://www.elsaltodiario.com/infancia-libre/siete-dias-de-mayo

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