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28/03/2020 :: Nacionales E.Herria

Dinámica popular para hacer frente al covid-19

x Dabid Soto Aldaz
La clase política en términos generales está totalmente acomplejada con esta situación, o al menos los gobiernos que se dicen de izquierdas y/o progresistas.

¡A la calle, que ya es hora! Se gritaba desde los escenarios hace ya unos cuantos años. Pero no, no es este un llamamiento a incumplir el confinamiento, porque eso claro, sería ilegal. Bueno en realidad más que ilegal sería irresponsable. Permitir que alguien jugase con la salud de las personas y que despreciase el esfuerzo colectivo del confinamiento de vecinos y vecinas, parece desde cualquier punto de vista inaceptable.

Y sin embargo está ocurriendo. Mientras miles de personas hacemos un esfuerzo personal y colectivo por tratar de respetar al máximo el confinamiento, cada día miles de trabajadores y trabajadoras salen de sus casas para ir al tajo. Y tras romper todas las reglas del confinamiento domiciliario y de los protocolos de seguridad que tratan de promoverse desde instancias sanitarias, tras la jornada laboral vuelven a sus casas, a nuestros barrios y pueblos. Si tenemos suerte volverán a nuestros espacios “limpios”. Pero no deja de ser una cuestión de probabilidades dentro de esta macabra lotería en la que nos están obligando a jugar.

La responsabilidad por supuesto no es de quien se ve obligado a ir a trabajar, sino de quien le obliga a romper el confinamiento. Se está obligando a trabajadores y trabajadoras a elegir entre su puesto de trabajo y la salud de sus familias y vecin@s, y eso es inadmisible. No podemos aceptar en silencio que el esfuerzo conjunto que estamos haciendo sea saboteado por personas sin escrúpulos, que amenazan con despidos y otras medidas disciplinarias a quien anteponga su salud a los criterios de sus jefes.

Desde una parte del sindicalismo se están desarrollando diferentes iniciativas para denunciar esta situación, además de exigir una bateria de medidas para que los cierres temporales o las previsibles consecuencias económicas de la pandemia no las paguemos la clase trabajadora y los sectores más desfavorecidos. Se pueden plantear tantos peros a la actuación sindical en tiempo y forma como se quieran, pero poco a poco van recorriendo un camino.

Pero es evidente que este no es un problema laboral o principalmente de trabajadores y trabajadoras. Esta pandemia es un problema social que afecta a la vida de toda la población. Por eso, mucho más importante todavía que ser capaces de organizar las fuerzas de quienes están siendo obligado@s a ir trabajar, es organizar las fuerzas de quienes sufrimos ya las consecuencias de esta insensata ruptura autorizada del confinamiento.

Pese a todo lo que se nos diga desde el sector empresarial y gubernamental, NINGUNA medida de protección que se quiera poner en los tajos será tan efectiva como interrumpir la producción y permitir que l@s trabajador@s se queden en casa. La falta de seguridad en los puestos de trabajo es una constante que provoca decenas de muertos cada año en “accidentes laborales”. Las empresas no tienen ningún crédito para plantearnos ahora que producción y seguridad frente al contagio del coronavirus son compatibles. Mientras decenas de sanitari@s se contaminan para intentar salvar vidas, la clase empresarial se permite el lujo de llevar al límite a sus trabajador@, parando solo cuando es obvio que el virus no solo ha entrado en la fábrica, sino que este es ya incontrolable.

Respecto al papel de las administraciones estatal, de la CAV y Navarra, su comportamiento es absolutamente incomprensible y denunciable. Nos impone a toda la ciudadanía unas medidas de confinamiento y nos somete a vecinos y vecinas a una auténtica persecución, convirtiendo nuestra mínima actividad diaria en sospechosa. Se nos atosiga si paramos 1 minuto en la calle ha hablar con un vecino. A los municipales solo les falta poner el cronómetro en marcha cuando entras en al espacio canino. Y mientras, parte del vecindario sigue creyéndose legitimado y avalado por las medidas del estado de alarma para increpar a cualquiera desde las ventanas. Han creado en definitiva un estado parapolicial con el argumento de garantizar el confinamiento, y al mismo tiempo permiten que miles de currelas lo rompan a diario para acudir a las fábricas.

Es más, la propia administración se permite el lujo de mantener a cientos de personas en sus instalaciones o en trabajos adjudicados por la administración, cumpliendo funciones no imprescindibles. El personal de limpieza sigue acudiendo cada día a limpiar colegios e institutos. Muchos de estos centros mantienen personal de administración y personal de servicios. En instalaciones deportivas la gente sigue acudiendo ha hacer labores de mantenimiento y puesta al día. Colegios y universidades concertadas y por tanto subvencionadas con dinero público, mantienen sus puertas abiertas al público. Las grandes constructoras de obra pública (TAV, Yesa, …) continúan a pleno rendimiento… Dicen ahora que estudian nuevas medidas para reducir la actividad laboral, pero tod@s conocemos como juega la administración con el concepto de servicios mínimos ante la
convocatoria de una huelga, así que no cabe esperar un cierre real de toda actividad no fundamental.

El problema en todo caso, abordado en toda su integridad no es laboral, sino social. Y no es un problema de cifras generales o de datos abstractos, es un problema real en nuestros pueblos y barrios.

Cada vez hay más gente organizada en dinámicas de apoyo, solidaridad y colaboración entre vecin@s. Personas dispuestas a aportar tiempo y a arriesgar incluso su salud por tratar de echar una mano a los sectores más vulnerables frente a esta pandemia. Es un trabajo encomiable que impulsa un modelo colaborativo eficaz para paliar las consecuencias más urgentes de esta pandemia. Además estas iniciativas, si sabemos aprovecharlas, pueden marcar las pautas de nuevos modelos de relación/colaboración vecinal una vez superada esta crisis.

Pero es insisto una organización vecinal y no necesariamente con trasfondo político, principalmente diseñada para paliar los efectos que el coronavirus y el confinamiento están teniendo sobre los sectores más vulnerables, y como tal tiene un carácter asistencial. Que nadie busque en este término, al menos en este escrito, un carácter peyorativo porque no lo tiene. Ante cualquier catástrofe, sea del tipo que sea, lo primero es organizar la ayuda a los sectores más perjudicados y más vulnerables. Eso ya está marcha en mucho lugares y la red de colaborador@s y de redes de apoyo en barrios y pueblos aumenta.

Tenemos por tanto dos patas de esta mesa que empiezan o que están ya funcionando. Hay una tercera pata de la que podríamos llenar páginas hablando. La clase plítica en términos generales está totalmente acomplejada con esta situación, o al menos los gobiernos que se dicen de izquierdas y/o progresistas. El dilema en el que están encerrados es si dan prioridad a la vida y a la salud, o si por el contrario deben pensar en salvar “la economía” ¡Vaya papelón el del PSOE, Podemos, PNV y Geroa Bai!. Con ellos en los gobiernos estatal, de la CAV y de Nafarroa no cabe esperar mucho ni de la socialdemocracia ni de una pequeña burguesía que trata de barnizar de progresistas las políticas mas reaccionarias y por tanto más pensadas para el capital que se están aplicando en toda Europa. Juegan a aparentar que pueden salvar vidas y eonomía al mismo tiempo, pero saben perfectamente que una de las dos se tiene que sacrificar en beneficio de la otra. La cifra de contagiad@s y de cadáveres que hay encima de la mesa no deja lugar a ninguna duda sobre la lógica que acompaña sus decisiones.

Pero si poco o nada cabe esperar de estos partidos y de los sindicatos afines, tal vez si quepa esperar más de quienes además de desarrollar un excelente discurso a favor de la salud y de la clase trabajadora, deberían estar liderando iniciativas políticas en pueblos, barrios e instituciones para parar este confinamiento a la carta, y la criminalización vecinal a que nos tienen sometid@s. Para denunciar la militarización de las calles y exigir en nombre de las corporaciones que el ejército abandone sus municipios.

Mientras esa tecera pata decide qué, cuándo o cómo hacer, la cuarta pata, la que representamos los movimientos populares y sociales organizados en los pueblos y barrios, nos tenemos que poner en marcha para impulsar dinámicas que sin abandonar las actuales, profundicen en la naturaleza política de las decisiones tomadas para frenar el Covid-19 . Una vez que en muchísimos municipios las redes asistenciales están en marcha y por tanto paliar las consecuencias de la pandemia está siendo trabajado de forma popular y organizada, es hora de llevar a los pueblos y barrios el trabajo no contra los efectos, sino contra las causas que dificultan frenar la pandemia.

Es importante asumir nuestro papel. Porque no nos equivoquemos, si no somos las clases populares quienes lo hacemos, nadie va a abrir el melón y empezar a señalar de forma individualizada a los culpables de que el esfuerzo colectivo del confinamiento no dé todos los resultados que debiera. Mientras nosotr@s no actuémos, el vecindario seguirá creyendo que su mayor amenaza es el vecino que alarga el paseo del perro y no l@s miles de trabajador@s obligad@as cada mañana a acudir al trabajo. O nos movemos o el árbol seguirá tapando el bosque y ocultando que muchos de las muertes producidas tienen su origen en decisiones políticas erróneas. En Italia han hecho falta miles de muertos para hacer un llamamiento a la huelga general y tratar así de detener toda actividad económica no imprescindible. A la directiva de la fábrica de Mercedes en Gasteiz tomar la decisión de cierre le llegó segun fuentes sindicales solo después de que la actividad productiva dejase un saldo de 14 casos confirmados de covid-19 y 300 aislados en sus domicilios.

300 currelas a quienes su empresa, después de amenazar con un ERTE para que se reincorporasen a la producción que habían detenido, devuelve a sus hogares. 300 nuevos currelas contaminados a los que se envía a casa, a nuestros barrios y pueblos, para que se recuperen y vuelvan a ser productivos para la empresa. ¡Adiós

y gracias por los servicios prestados!. Ese es el problema real que hay que destapar, porque mantener a día de hoy la producción en las fábricas es con diferencia el mayor vehículo de transmisión del coronavirus.

Necesitamos empezar a crear en los pueblos y barrios una red que en primer lugar sea capaz de hablar a nuestr@s vecin@s en clave local, con datos reales de lo que está sucediendo en su pueblo o barrio. Pasar de hablar de las fábricas en términos genéricos, ha hablar de las fábricas más cercanas y su responsabilidad particular. Y para eso hay que hacer un buen trabajo para saber qué actividad laboral no imprescindible se está realizando en cada localidad. Cuántas empresas y talleres están activos en nuestros polígonos industriales y en qué condiciones. Cuanto personal de la administración acude a puestos de trabajo a desarrollar labores no imprescindibles. Cuántas obras hay en marcha en el pueblo, personal haciendo podas, edificios públicos y/o privados que aprovechan para hacer arreglos y obras…

Tenemos que poner el acento en que efectivamente si como desde ámbitos sanitarios se nos dice, el confinamiento es imprescindible, adelante, pero un confinamiento real, no un confinamiento selectivo, inflexible con vecin@s y familias y totalmente permisivo con empresarios y en espacios de la administración. Sabiendo que la batalla principal en el plano laboral la tenemos en las grandes fábricas, pero sin ocultar que miles de trabajadores y traabajadoras lo hacen en pequeñas empresas locales y zonales, que tampoco están dando prioridad a la salud de los currelas.

Y luego sí, a la calle. A descubrir ante el vecindario esa realidad que ignora o prefiere ignorar. A la calle para denunciar toda la actividad laboral no imprescindible que se desarrolla en nuestros pueblo o barrios. A la calle para exigir la paralización de toda esa actividad para que prime el interés general de la salud. A la calle como si de una huelga general se tratase, para conseguir que incluso quien no esté por la labor de hacerlo, tenga que bajar la persiana ante la presión popular y vecinal.

Mientras policía, miltares y gobernantes acentúan la presión sobre la ciudadanía tratando de hacer al vecindario cómplice de la pèrsecución y hostigamento sobre casi cualquiera que pise la calle, vamos a apostar por demostrar que por encima de actitudes personales más o menos acertadas, existe toda una actividad económica amparada por el estado de alarma, que es la mayor amenaza actual para frenar la pandemia. Y que puesto que ni gobernantes ni uniformados están actuando contra ella, es el pueblo quien se organiza para denunciar y parar esa actividad.

Sin olvidar que además de la actividad desarrollada en nuestras calles, hay decenas, centenares, miles de vecinos y vecinas en el caso de las grandes ciudades, que cada día se desplazan para currar fuera del municipio. Es por tanto importante poner fórmulas de trabajo en marcha para conocer hasta donde afecta esta realidad de movilidad de currelas en nuestros pueblos o barrios. Poder contar con el dato de los desplazamientos que se producen en las salidas y entradas de la localidad coincidiendo con los cambios de turno en las fábricas ilustraría perfectamente la dimensión del problema y la fragilidad de un confinamiento con semejante movimiento vecinal. Sería importante también abrir a nivel local espacios donde vecin@s nos puedan hacer llegar testimonios de en qué condiciones trabajan o las presiones que reciben para mantener su actividad.

Por último es labor imprescindible y que difícilmente asumirá ningún otro agente si no somos los movimientos populares, hacer un seguimiento y una denuncia de las actuaciones policiales que podemos calificar de extraordinarias y que están amparadas (o no) por el estado de alarma. Dar a conocer a vecinos y vecinas sus derechos y como ejercerlos. En algun barrio hay ya funcionando buzones que se ponen en los comercios con el visto bueno de l@s dueñ@s, para recoger denuncias, testimonos de currelas, propuestas… garantizando por supuesto la seguridad de las personas que manipulan estos buzones y su contenido.

Y vinculado a esto, es hora de poner freno a la persecución y hostigamiento que algun@s vecin@s ejercen desde ventanas y balcones. Tratando de reconducir sus quejas, denuncias y demás críticas hacia el foco del problema, pero tomando también las medidas populares necesarias para frenar la impunidad que algun@s creen tener en el estado de alarma. Hay que tomar medidas, incluso legales, para quien sistemáticamente insulta desde las casas. El vecindario tiene que saber por boca del movimiento popular que puede y debería acudir a poner una denuncia ante policía municipal si alguien le increpa. Solicitar la presencia policial para identificar a la persona que te agrede desde el balcón y no cortarse a la hora de denunciarla. Si la policía quiere trabajo, vamos a dárselo, pero no para atosigar a l@s vecin@s, sino para actuar contra los francotiradores vecinales.

Es evidente que por encima de las causas que se plantean en este escrito hay una realidad mucho mayor, mucho más estructural en la que podemos invertir horas de debate ideológico. Aquí en todo caso se hace referencia a como afrotar desde la práctica, algo tan parcial como la contradicción evidente entre un confinamiento al servicio de la salud y la ciudadanía y un confinamiento al servicio del capital. Seguramente en muchas de las grandes cuestiones, los elementos estructurales, estaremos de acuerdo y en otros no. Tiempo tendremos de ir profundizando en todas ellas, pero ahora, si de verdad creemos en el poder popular, es hora de darle en este momento histórico el protagonismo que se merece y pasar de la palabra a los hechos. Puede ser una ocasión inmejorable para hacer entender que los movimientos populares y sociales tienen funciones y una capacidad de maniobra que no puede pretenderser sustituida por otros agentes.

¡A la calle, que ya es hora!

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