Guerra encubierta y normalización por convencimiento

De un tiempo a esta parte, se ha instalado en amplias capas de la sociedad vasca que el cese de las prácticas represivas está relacionada con el grado de acatamiento de la legalidad vigente y la desactivación de la resistencia. Dando por hecho inconscientemente que la represión es un elemento de respuesta a una actividad política disidente. Sin embargo, la realidad es tozuda y en el caso vasco está más que claro si lo primero fue el huevo o la gallina. La situación de opresión y represión es anterior a cualquier tipo de respuesta.
Tanto el estado español como el francés no están en condiciones de iniciar ningún proceso de paz y mucho menos de solución a la raíz del conflicto político. Por muy unilateral que sea la estrategia de la izquierda abertzale. Estrategia unilateral que obviamente necesitará de pasos bilaterales y multilaterales en algún momento dado. Situación que se aleja por momentos ya que están andando en una camino contrario y opuesto para tal labor.
Este panorama represivo no por sistemáticamente repetido pierde su extrema gravedad. Convirtiendose no ya solo en elementos que potencian el bloqueo de la liberación de Euskal herria sino que impiden directamente asentar mínimos de paz. Desde esa perspectiva, no sorprende el reciente ataque salvaje sufrido por una familiar de un preso político vasco.
Si bien este contexto favorece la acumulación de fuerzas y la comodidad política relativa ya que desactiva en la teoría mucha presión psicológica y literal diseñada en un contexto de confrontación radical y duro por parte de los estados, por otra parte genera inmensas dificultades de cara a una presión opuesta a esos estados efectiva y necesaria.
Detrás de las apariencias siempre han existido las claves reales de los avances políticos y Euskal Herria no va a ser diferente. Un acuerdo resolutorio llegará ante la insostenibilidad de la ocupación española y francesa en sus ejes actuales, no mediante acuerdos surgidos de la buena voluntad de los diferentes actores. Sostener lo contrario es auto-engañarse o lo que es más grave, engañar a la sociedad vasca.
Como llegar a ello va a requerir mucho más que buenas palabras e intenciones, mucho más que unilateralidades. Va a requerir un despliegue de lucha e iniciativa que va a costar poner en activo si no se tiene como perspectiva que no existe normalización posible sin mínimos de justicia, y que no existirá justicia sin quebrar la imposición. Se puede alegar que para quebrar la imposición es suficiente con instalarse en el discurso de que los estados son estupidos y realizan acciones en contra de sus intereses, “que la sociedad vasco no lo acepta” o hacer llamamientos a la tranquilidad cuando probablemente la intranquilidad sea la gasolina verdadera del motor de cambio, lo cual no entra en contradicción con la templanza necesaria y requerida para actuar.
Los estados no necesitan bloquear un proceso del que no se sienten partícipes , y no existen a día de hoy los medios ni las estrategias para que así lo hagan. Y esa es una realidad cristalina que cuanto antes nos demos cuenta de que es así, más rápido se harán las ziabogas necesarias para encarar el futuro por encima de cálculos partidistas, electorales o pretensiones de hacer monolíticas e inflexibles ciertas estrategias.
Contra la represión … confrontación. Y no porque vaya a hacerla desaparecer mediante un acuerdo en un despacho entre sonidos de copas sino porque la confrontación-represión-confrontación quizás sea el único camino de avance tras las limitaciones auto-creadas. Y más vale que sea antes de que los estados entren en lo que puede ser su siguiente fase contra-insurgente, que dadas las coordenadas actuales, les puede hacer tener unas posibilidades de éxito al menos tan altas como la del “votos o bombas”.







