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18/03/2020 :: Nacionales E.Herria

Utilización política e ideológica del Covid – 19

x Dabid Soto Aldaz
Hay quien dice que el miedo saca lo mejor y lo peor de cada cual. Yo creo que el miedo en muchos casos saca el policía que dicen, todos llevamos dentro

Estoy en la terraza de casa, leyendo un rato en ese reducido espacio que sigue siendo casa y donde por tanto no me pueden pillar, como en el juego. De repente oigo bulla en la calle. La verdad es que cualquier ruido proveniente del exterior, por pequeño que sea, llama la atención estos días. Eso que oigo por otra parte no es un sonido más, es una pedazo juerga. Oigo gritos de niño y ladridos.

Un padre está en la calle con su perro, al que todavía (todo llegará) tiene derecho a sacar a la calle sin ser multado por ello. Solo han pasado dos días de cautiverio, pero al chaval que le acompaña, que no tendrá más de cuatro años, le han debido de parecer años. Demasiado pequeño para alcanzar las ventanas de casa por sí solo, lleva horas renunciando no ya a estar, sino a disfrutar de ver la calle.

Padre e hijo han salido a la calle con Txiki, el pastor vasco que lleva años compartiendo el pequeño piso en el que viven. El padre no ha tenido que conciliar vida laboral y familiar. Le conozco y sé que lleva en paro más de un año, de modo que él se encarga de que mientras dure todo esto, en casa las cosas se vayan adaptando a una cierta rutina.

El padre ha estado pensando en dejar al chaval en casa mientras pasea a un perro al que la edad obliga a evacuar al menos cuatro veces al día. No le ha parecido lo más sensato dejarle solo. Pero por otra parte que ostias, se va a dar el gustazo de salir de casa con su hijo para que pise la calle y queme un poco de su inagotable energía.

Habrá quien pensará que vaya jeta. Que haga como todos y se quede en casa. Y pensará además, puede que con razón, que si todos haríamos lo mismo esto no habría quien lo parase. Lo que quien así piensa seguramente no es capaz de comprender es que el hecho de “estar en casa” , es una realidad que se vive de forma distinta según cada situación.

En la casa de Gorka, así se llama el chaval, hace tiempo que la economía no dá para encender la calefacción, y estos días hace bastante frío dentro de ella. En esta casa no hay videojuegos, conexión a internet ni otras decenas de juegos que hay en la mayoría de hogares con y sin niños. Ainhara y Maite, hermana y madre de Gorka respectivamente, están estos días en casa de unos familiares. Ambas han tenido que dejar el piso por no tener internet en casa. El teletrabajo para una y toda la actividad escolar que se ha programado vía telemática para otra, sin importar si todos los hogares están conectados o no a la red, imposibilitan seguir las clases o sacar adelante el curro desde su hogar.

La calle, el parque o la escuela son los sitios donde Gorka siente que es igual al resto. Para correr, dar patadas al balón o saltar a la cuerda no hace falta un gran presupuesto. La calle es, con todas sus opciones de juego y entretenimiento el espacio más “democrático” y educativo para cualquier chaval o chavala de la edad de Gorka. Mientras para algunos su hogar es su casa, para este en particular su hogar es la calle. No porque esté abandonado o en casa no haya cariño, sino porque en él disfruta como en ningún otro sitio de la experiencia de ser niño.

Así que cuando Txiki, Gorka y su aita salen a la calle, lo hacen con la intención de acercarse al “pipican”, dejar que el perro haga lo suyo y para que mientras, Gorka llene sus pulmones de aire fresco. Terminado el paseo, que sí, para que negarlo, han alargado tanto como han podido, se dirigen hacia el portal. Por el camino pasan al lado del parque al que Gorka mira con pena. Está precintado y en casa han hablado lo suficiente del tema como para entender, pese a su corta edad, que usarlo puede resultar peligroso.

Baja la cabeza para evitar la tentación y dá una patada a una rama caida del árbol cercano. Txiki, acostumbrado ha hacer de los palos su juguete favorito interpreta el gesto como un llamamiento a comenzar a correr. Tira de la correa y escapando de las manos del padre acelera persiguiendo el palo.

Gorka se parte la caja. Hace dos días que su padre no le oye reir así y disfruta del momento.Tanto que cuando el pequeño Gorka le pide volver a repetir la operación este no se lo piensa. Cuando Txiki trae el palo se lo da de nuevo al chaval, que entre risas, vuelve a lanzarlo.

Hay una parte de todo esto de la que yo no soy testigo, pero que Gorka me cuenta por teléfono. Lo que si puedo decir es que en el momento en que Gorka lanza el palo, yo me asomaba a la terraza de casa para ver el motivo de semejante cachondeo en pleno estado de alarma. Observo la escena con envidia, poque me gustaría que mi hijo y mi hija estuviesen disfrutando de momentos como ese. Conozco la situación de la familia y me alegro por ellos de esos minutos que están consiguiendo robarle a esta mierda de cuarentena.

La historia no tiene un final feliz. El vecino del bloque de enfrente ha comenzado a lanzar gritos contra Gorka y su padre. En unos pocos segundos ha pasado de gritar ¿Que os divertís? a insultar abiertamente a padre e hijo llamándoles insolidarios, gentuza y deseándoles que toda su familia se contagie.

¡Insolidarios! No me lo puedo creer. Precisamente él. El vecino de la casa que queda enfrente de la mía pero un par de pisos más arriba. El mismo que solo hace unos meses se enorgullecía de que mientras otros hacíamos una huelga “que no servía para nada”, el había ganado ese mismo día una pasta en horas extras. El mismo individuo que mientras se recogían firmas en el pueblo contra la apertura de una casa de apuestas, decía a la madre de un hogar destrozado por el juego que cada cual se ganaba la vida como podía. El mismo energúmeno que solo dos días antes estaba, un par de horas antes de abrir el supermercado, en la puerta del establecimiento para entrar el primero. Ese que miraba con desdén a aquellos clientes que solo 20 minutos después ya no disponían de carne porque gentuza como él salían con los carros llenos. El mismo que anticipándose al resto, había hecho con las primeras noticias del virus acopio en casa de mascarillas y productos desinfectantes. El listo del pueblo vamos.

Ese es el vecino que empezó a increpar a Gorka, A Txiki y a su aita. De repente y como si se hubiese activado una especie de resorte, las ventanas y terrazas del bloque de enfrente empezaron a llenarse de cabezas. Personas que como yo se habían enganchado en distintos momentos a los acontecimientos de la calle. En mi cabeza se ordenaron rápidamente las ideas. A este tipejo hay que pararle los pies, pensé . Así que cuando empecé a oir los primeros gritos provenientes del resto de vecinos, me alegró comprobar que este coronavirus además de vulnerables a una enfermedad no nos había vuelto imbéciles. Me alegraba comprobar que la gente seguía sabiendo distinguir entre qué estaba bien y qué no.

Tristeza. Una tristeza inmensa y rabia es lo que sentí al entender que lejos de increpar al energúmeno, en realidad los vecinos increpaban a Gorka, a su aita y hasta al perro. Pero lo peor estaba por llegar. Entre los vecinos que vociferaban había algunos a los que no conocía. Gente a la que nunca he saludado y cuya forma de entender la vida desconocía. Pero ¿tú? ¿vosotros?. No podía creer que entre toda la gente que se unía al linchamiento estuviesen vecinos a los que aprecio. Personas que normalmente no se dejan llevar ni por las tendencias, ni por las inercias y que están acostumbradas a cuestionarse las cosas. Vecinas que símplemente son críticas y raramente aceptan la versión oficial de las cosas.

Este coronavirus además de los síntomas conocidos que nos han ido contado los médicos, tiene que tener efectos que nos están dañando el cerebro, sin duda. Los primeros whatsapp para salir a las ventanas apoyando el trabajo de los profesionales sanitarios van cada vez más cargados de intencionalidad. Ahora además de a este sector, hay que salir a las ventanas a aplaudir a las fuerzas de seguridad e incluso al ejército.

Hay quien dice que el miedo saca lo mejor y lo peor de cada cual. Yo creo que el miedo en muchos casos saca el policía que dicen, todos llevamos dentro. El viejo principio de temer lo desconocido que nos convierte de la noche a la mañana en ultraconservadores. Un miedo que ya no se centra en el temor a una enfermedad, sino en miedo al vecino, al qué dirán, a no hacer lo políticamente correcto. Un miedo que deriva en interiorizar que como todos somos iguales ante el virus, todos tenemos que estar unidos frente a él, actuándo de la misma forma. Un miedo uniformador, que por asimilación del discurso oficial o por temor a ser señalado termina creando el caldo de cultivo ideal para el poder. El caldo de cultivo que se convierte en el germen sobre el que se construyen buena pate de los fascismos.

El estado español ha implantado una serie de medidas para combatir la pandemia del coronavirus, dicen. Sin tener elementos suficientes para considerar útil y/o necesaria la aplicación del estado de alarma, lo cierto es que una medida como esta se puede llevar a la práctica de tantas formas como ideologías existen.

No deja de llamar la atención que gobiernos centrales y autonómicos desoigan sistemáticamente las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Esta organización, cuya único objetivo es trabajar por garantizar la salud de las personas, plantea unas actuaciones concretas. Hoy mismo, martes 17 de marzo, el titular en muchos medios de comunicación señala que “La OMS insta a hacer el test a todos los sospechosos como única vía para frenar la pandemia de coronavirus”. Mientras en Nafarroa, el mismo día, se decide realizar el test solo a los casos más graves, y el resto a casa, con síntomas pero sin saber si se enfrenta al coronavirus o a una neumonia. ¿Qué credibilidad tienen por tantolos datos de extensión de una pandemia si simplemente no se hace lo posible por diagnosticar y tratar todos los casos existentes? ¿Porqué una decisión tan irresponsable? Es evidente que si en la medida propuesta por la OMS se valora exclusivamente el binomio salud/personas, la decisión del Gobierno de Nafarroa está tomada teniendo en cuenta otros factores, que pasan a relegar la salud a vete a saber tú que posición. Exigencia total a la ciudadanía en beneficio de la salud y de todos nosotros, dicen, pero decisiones políticas donde frente a la salud se anteponen otras cuestiones como la seguridad, las necesidades de “la economía”, o los intereses por utilizar esta pandemia para legitimar la posición de poder y autoridad del estado en todo el territorio.

La primera decisión del estado español ha sido suspender de facto el estado de las autonomías. Sin ningún argumento que sirva para entender porqué a través de los mecanismos descentralizados habituales, que hacen que la sanidad, la seguridad o la educación funcionen a diario, no era posible combatir al coronavirus.

Es innegable que hay una serie de medidas que sirven para maquillar al estado y dar un tinte izquierdista a alguna de sus decisiones. Así se han presentado medidas como una posible intervención de la sanidad privada. O al menos una disposición por parte del estado ha llegado el caso, hacerse con la gestión de instalaciones sanitarias privadas, lo quieran estas o no. Mienten. El estado no va a entrar por las bravas a la Clínica Universitaria y plantarse ante el Opus. Seguro. Si los de la Obra deciden que hay negocio, lo aprovecharán. Y si deciden que primero se deben a “sus” pacientes, ni el PSOE ni Podemos van a enviar a la policía o al ejército a intervenir.

Tampoco se va a poner a los municipales a la puerta de los comercios para sancionar a quienes hagan acopio de alimentos, medicinas o bienes de primera necesidad. Se han establecido sanciones para quien pasee por la calle, pero no para todos los especuladores que han subido desorbitadamente los precios de productos básicos de un día para otro. No hay penalización ni órdenes de cierre para las empresas que juegan, amparadas por un estado de alarma que se lo permite, con la salud de sus currelas. No se contemplan medidas para evitar que los y las trabajadoras que por razones del estado de alarma se tienen que quedar en sus casas, no acumulen al finalizar el mismo semanas de “deuda” en forma de días laborables a la empresa. La conciliación laboral y familiar que se contempla para los y las funcionarias no se amplia, obligatoriamente, a toda la empresa privada…

Se habla ya de medidas para revitalizar la economía una vez se supere la pandemia. La última vez que hubo que salvar a alguien fué a la banca. Ahora la (gran) industria pedirá su parte. Medidas para que las cifras de ganancia de los poderosos se alejen lo menos posible de sus espectativas. Medidas de nuevo alejadas de las necesidades reales de la clase trabajadora o de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

Hay motivos más que suficientes para estar en los balcones, pero no para volcar nuestra indignación contra el vecino que roba a la cuarentena unos mínutos de libertad. Hay razones más que suficientes para gritar, pero sin unir nuestra voz a la de quienes pretenden aprovechar el momento para hacernos tragar discursos alienantes.

El gobierno español ha establecido un estado de alarma que delimita lo que es legal de lo que no lo es. Creo que como clase trabajadora hace tiempo que sabemos diferenciar y sabemos que legalidad y justicia raramente van de la mano. A mi vecino de enfrente le ampara la legalidad cuando vuelca su odio sobre Gorka y su padre. Y también le ampara esa misma legalidad cuando hace acopio innecesario de productos básicos. Yo me inclino por pensar que, por muy legal que sea, ninguna de esas dos actitudes es justa, y que por tanto ambas hay que combatirlas.

Creo que a partir de hoy saldré además de ha hacer la compra, a sacar fotos de mis modélicos vecinos acaparadores para que todos lo víruses de esta epidemia tengan, si no nombre, al menos sí rostro. Por otra parte, saldré a la terraza a comer si el tiempo lo permite, y desde ella, desde esa parte de mi casa, me uniré, como siempre he hecho, a las reivindicaciones y muestras de apoyo que me parezcan razonables, sin dejarme arrastrar ni por mensajes huecos ni por el miedo al que dirán.

Unas últimas líneas para mandar un abrazo a todas esas militantes que están en prisión o en el exilio.

Vista la intencionalidad de las medidas que va tomando el estado en la calle, seguro que no se contendrá a la hora de utilizar esta pandemia contra vosotros y vosotras. Parte de este cautiverio domiciliario que nos imponen, va a convertirse en casa en la ocasión ideal para aumentar la comunicación que mantenemos. Sabemos del valor que, tal vez ahora más que nunca, pueden tener unas líneas Ahora que no podemos salir, que nuestros espacios vitales se han visto reducidos, es cuando más apreciamos el sentido de la libertad. Ahora es cuando más somos capaces de valorar el precio que estáis pagando por vuestra lucha.

Gora zuek!

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