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22/06/2020 :: Nacionales E.Herria

Cuadros políticos en la Euskal Herria del siglo XXI, ¿distopía o reto urgente?

x Borobiltxo
Sirva este texto para alimentar el debate entorno a modelos de militancia revolucionaria. A comprometerse, ilusionarse y ¡a luchar!

Son múltiples los acontecimientos acaecidos en los últimos años que demuestran que Euskal Herria y la lucha por su liberación (en su sentido más amplio) avanza hacia un nuevo ciclo político. Es normal que a mucha gente esto le suene a chino, pues a primera vista, la principal y única fuerza opositora al sistema actual sigue siendo la Izquierda Abertzale, que hoy en día es representada principalmente por un frente más amplio de corte socialdemócrata.

Pero todo pueblo oprimido que no es del todo derrotado acostumbra a traer a la luz a nuevas generaciones que no contentas con lo recibido de la anterior generación, reprenden la lucha, y no necesariamente abrazando postulados que representan los últimos latidos de una gran historia que se acabó y no llegaron a vivir. Han sido varias las organizaciones revolucionarias que han visto la luz los últimos años en este pequeño nuestro pueblo, y esto, a bote pronto, nos debería alegrar a todas las personas que anhelamos una perspectiva de no renunciar a nada e ir a por todas. Lejos de un discurso triunfalista, las dificultades a las que se enfrente la hipotética constitución de un nuevo movimiento revolucionario en Euskal Herria son innumerables, pero por qué no decirlo, podríamos estar peor.

La ecatombe y posterior liquidación de organizaciones y perspectiva revolucionaria trajo una gran crisis en el seno del movimiento de liberación en Euskal Herria: la crisis del modelo de militancia. De pasar de una entrega y compromiso que exigía principalmente el ritmo de los acontecimientos y la represión, el modelo laxo de militancia se apoderó poco a poco de gran parte de la militancia, tomando cada vez más peso las aspiraciones privadas que las colectivas. Es obvio que todo movimiento que aspire a realizar transformaciones profundas a su alrededor, precisa de una militancia formada, comprometida, ilusionante e ilusionada. He aquí donde se nos presenta el concepto de cuadro político. Para algunos, algo tan rancio y distópico como la hoz y el martillo, para otros, una concepción romántica de la militancia y exenta de contradicciones que no hay quien lo pare.

Parto de la hipótesis de que al igual que en el pasado, hoy también hacen falta personas que prioricen la lucha por encima de aspiraciones personales, que tengan una entrega total y que su compromiso no se vea amenazado, por ejemplo, por la subida y bajada de motivación.

Pues bien, la intención de este texto es arrojar ciertas preguntas y claves que nos ayuden a desvelar una cuestión que a mi entender cobra urgencia en tiempos en los que es de igual urgencia la necesidad de articulación de aspiraciones revolucionarias.

Conflicto entre la cuestión de género y el concepto de “cuadro político”.

Al igual que todo fenómeno de índole social, el modelo de militancia también se encuentra radicalmente atravesado por la problemática del género. A lo largo de todo el recorrido de los partidos comunistas en el último siglo, se podría decir que el patriarcado no se llegó a poner en cuestión con la profundidad que merecía (ya fuera por no ser una prioridad, por la no identificación de esta relación desigual al interno de los movimientos etc.) y esto relegó a las mujeres (no sin excepcionales excepciones) a un rol secundario en la mayoría de experiencias revolucionarias.

No hay duda que el concepto de “cuadro político” esta construido sobre una identidad masculina. Y esto va mucho más allá de una mera identidad o etiqueta que pudiera ser adoptada por las mujeres hoy en día. No se trata de conseguir que las mujeres hagan suyo un concepto que históricamente ha sido propiedad de los hombres, sino que se trata de construir, a partir de las lecciones que nos ha dejado la historia, una nueva concepciòn del/la cuadro político que englobe y aglutine los valores tanto masculinos como femeninos.

La figura histórica del cuadro político del siglo XX pasa por un perfil masculino que tiene la determinación (y posibilidad) de dejar a un lado la vida privada (familia, amigos…) para su total entrega en la lucha. La romantización de este perfil, refleja una dureza emocional en la que el cuadro no tiene dudas, no es afectado por procesos personales y emocionales y actúa cual engranaje de una gran máquina que no falla.

Cuadro político y mentalidad occidental

La mayoría de referentes, además, son tomados de un contexto occidental. No pretendo detenerme demasiado en la cuestión occidental desde un punto de vista simplista que nos haga sentirnos mal por haber nacido y crecido en la boca del lobo. La cuestión occidental alberga una mentalidad productivista y positivista que condiciona nuestra óptica global. Esta mentalidad, lleva a centrarnos totalmente en las condiciones objetivas del momento, en una crítica a la economía política como principal pilar del análisis de la sociedad, relegando a un segundo (o tercer) plano las condiciones subjetivas. Al fin y al cabo, prima una inteligencia analítica por encima de la inteligencia emocional, derivando todo esto en una burda dicotomía entre lo racional y lo irracional en la que el cuadro político debe tener al cien por cien una mentalidad racional.

Quizás, una de las lecciones primordiales a extraer del siglo XX sea justamente esta: que la política revolucionaria, más allá de números y matemáticas, va también de emociones e impulsos, de confianzas y de relaciones humanas. Y es que muchas veces, el rol de militante que adquirimos, hace justamente que nos separemos mucho de las verdaderas pulsiones que operan en la mayoría de personas a las que apelamos.

La cuestión ética.

Todo militante revolucionario debe guiarse por la cuestión ética, ya que la ética revolucionaria alberga en su interior una síntesis del proyecto, una pequeña semilla de la principales ideas que nos guían. La cuestión ética, además, debe estar en constante reevaluación y discusión, pues es la que nos debe empujar en cada pequeño acto cotidiano. Una de las principales garantías de que la cuestión ética no se se pierda de vista es la implementación de la crítica y de la autocrítica en todas las esferas de la vida del militante y/o cuadro político. La principal crítica en este sentido, se trata de aceptar que el o la cuadro también se confunde por mucha formación y entrega que tenga, y esos fallos deben ser expresados y evaluados constantemente, no solo en las estructuras a las que se subordina, pues es también el conjunto del pueblo y sectores oprimidos a quien se subordina. La cuestión ética se ha pisoteado en múltiples ocasiones en pro del objetivo final: la revolución. Ésto esta muy unido a una concepción muy simplista de las transformaciones sociales, como si ocurrieran en un momento concreto, en el esperado “gran día”. Es el camino a andar, cada paso en esta gran maratón, el que crea transformaciones, y por eso no se pueden justificar vacíos éticos en la manera de hacer cotidiana en favor del “gran día”.

“Cuadro político”, ¿un problema semántico?

Muchos de los que de alguna manera u otra adoptamos el marxismo como principal guía para la acción, solemos estar malacostumbrados a recoger experiencias históricas e intentar calcarlas “tal cual”. A veces por falta de audacia, otras veces por dogmatismo (que es lo más antimarxista del mundo) y otras por cabezonería (mentalidad patriarcal), no somos capaces de entender que las palabras y el lenguaje, son solo portadores de un sentir, de una idea, y que lo importante es el contenido y no la etiqueta. Por lo tanto, en este sentido, urge un debate en la manera que se debe recaracterizar el término de “cuadro político”, de cara a que no se limite su potencialidad por mochilas históricas y a que sea un concepto más inclusivo, sin restar toda la responsabilidad que acarrea entregarse a la lucha también en la coyuntura actual.

Sirva este texto para alimentar el debate entorno a modelos de militancia revolucionaria. A comprometerse, ilusionarse y ¡a luchar!

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