Nacionales E.Herria :: 15/09/2013
El “suelo ético”
El estado mediante la represión no busca una reacción del oprimido, busca lo contrario. Busca que acepte una racionalización que asiente la opresión.

Uno de los errores más comunes de la izquierda es interiorizar que la represión del estado es una mera respuesta a la actividad revolucionaria. Es decir, los aparatos del estado, especialmente a través de la propaganda y la manipulación psicológica a gran escala, suelen conseguir que el oprimido crea que la actividad del estado es solo una reacción a sus acciones.
Al estado le interesa que cuaje esa creencia para que de esta manera puedan activar los elementos que realmente hacen eficaz a la represión. Que no son propiamente dichos los elementos represivos en sí mismos, sino las consecuencias políticas que generan.
Si el oprimido llega a creer que dependiendo de sus acciones o falta de ellas, el estado actuará de una u otra forma en las claves que mantienen la opresión, se crea automáticamente el terreno de juego donde el propio estado podrá condicionar e incluso vehiculizar el accionar del oprimido. Sin embargo, cuando la acción del oprimido es independiente a esa creencia, es el opresor el que será condicionado y vehiculizado, y la presión que reciba el estado dañará que tenga control sobre la voluntad del oprimido.
El estado utiliza a gran escala técnicas coercitivas y a la misma vez ofrece salidas “racionales”. Es por ello que las exigencias estatales y sus salidas racionales nunca tienen fin mientras la opresión se mantenga, ya que las necesitan ineludiblemente para mantener esa opresión.
En el fondo sería la misma filosofía que inspira la tortura. Que lejos de ser una práctica de incontrolados existe toda una ciencia del terror detrás y aplicada fríamente. El objetivo básico de la tortura es crear una regresión psicológica en la víctima que induzca a un estado psicótico y una pérdida de identidad. Despojado entonces de las defensas más básicas del ser humano mediante técnicas de coerción, los torturadores proporcionan al torturado una racionalización que le haga escapar del tormento.
La represión es anterior a todo accionar del oprimido ya que ha sido esa represión la que ha creado la opresión y la opresión la que ha generado oprimidos. La represión por tanto no es solo una respuesta del estado sino que es el origen de la opresión. No existe ninguna forma de acabar totalmente con la represión sin terminar con la opresión. Una vez generada la opresión, la represión será un mero regulador, que el oprimido puede condicionar en cierta manera dependiendo de sus acciones, ya sea aceptando la racionalización que le ofrece el estado o mediante presión, pero nunca acabará totalmente de erradicarla sin erradicar la raíz opresiva.
El estado mediante la represión no busca una reacción del oprimido, busca lo contrario. Busca que acepte una racionalización que asiente la opresión.
Es precisamente la intensidad de la reacción del oprimido lo que le hace salir del terreno de juego marcado para condicionarle. Cuando esa reacción es lo suficientemente intensa y va unida a un proceso de ruptura de la opresión es cuando llegan los problema para el estado porque el terreno de juego se le escapa del control. La represión empieza a ser condicionada realmente cuando los elementos de la opresión están bajo presión.
Si esos elementos que sustentan la opresión no están bajo presión y además no avanza una vía de ruptura, el oprimido tenderá a ver la represión como un elemento inconexo con la fotografía completa y en determinados casos creyéndose incluso culpable de su existencia.
Son los estados los que tienen que abandonar sus corruptos intereses sobre la población vasca, en primer lugar abandonando toda coerción para que Euskal Herria no decida sobre sí misma. Es obvio que no lo van a hacer por sí mismos, por lo tanto tiene que ser el mismo pueblo vasco el que construya su propio terreno de juego, piense de manera independiente, refuerce su identidad, presione a los elementos opresivos y represivos y ademá no caiga en la regresión en la que quieren enquistarnos aceptando sus racionalizaciones y la normalización de la injusticia.
Nunca está de más recordar quién trajo la opresión y la represión a Euskal Herria mucho antes de que cualquier forma organizada de resistencia, de abertzalismo y de socialismo revolucionario tomara cuerpo y que lo único racional y de justicia es que la opresión desaparezca. Siendo ello el “suelo ético” mínimo donde poder construir una paz basada en justicia que es incompatible con la opresión nacional y social.







