El intento de avasallar a la izquierda abertzale abre una gran crisis

Sin duda, en este periodo no han faltado motivos para ello. Por eso, la propia convocatoria da la medida de lo delicado de la situación actual. En agosto, primero, y en enero, después, ya se habían producido delicadas espirales a partir del intento de vetar las movilizaciones de la izquierda abertzale en Donostia y en el BEC respectivamente. Pero el cóctel formado esta vez por la política carcelaria estatal y la represión policial autonómica pone la situación realmente al borde del precipicio.
Analizados con perspectiva todos los trágicos hechos de la pasada semana, poca duda puede caber sobre la premeditación política subyacente. Sordamente premeditado es el lento goteo de muertes de la dispersión. Y evidentemente premeditada fue también la actitud de quienes dieron a la Ertzaintza la orden de «fuego». Los responsables del tripartito saben que la doctrina empleada para tratar de impedir la despedida a Igor Angulo y Roberto Sainz no ha sido utilizada en otras ocasiones, y tampoco lo fue hace unos meses en Bera, ni regía ya al parecer el jueves en la jornada de huelga y movilización. El PNV ha decidido simplemente recurrir a una vieja estrategia: tratar de poner stop a la izquierda abertzale moliéndola a palos, como ha hecho puntualmente desde la «manifestación de las palomas» de 1978.
Era precisamente esa premeditación política la que obligaba a la izquierda abertzale a dar un paso. No era un paso atrás, sino un paso adelante. No contra un proceso de solución, sino a favor del mismo. No hay más que leer las palabras de Arnaldo Otegi y de Rafa Díez o el ramillete de opiniones de huelguistas recogido por este periódico para constatar que hay una apuesta nítida en este sentido. Pero para ello no sólo hacen falta esos contenidos políticos que se van dibujando poco a poco, sino también condiciones objetivas.
El equilibrio entre los agentes implicados es una de ellas. En cualquier proceso de resolución es norma básica y obligada desterrar cualquier afán de humillación del contrario. Pero frente al paulatino levantamiento de barreras practicado por la izquierda abertzale en los últimos años hacia sus adversarios políticos e incluso sus enemigos, en las últimas semanas se ha desatado una ofensiva en toda regla para zurrar la badana a este sector social.
No se puede interpretar de otra manera la instauración oficial de la amenaza de cadena perpetua. Ni el acoso judicial ininterrumpido a dirigentes de Batasuna, sobre todo a Arnaldo Otegi por su marcada referencialidad. Ni los pelotazos y porrazos contra manifestantes que se limitaban a tratar de despedir dignamente a sus muertos. El Gobierno español y el de Lakua, coordinadamente o no, tratan de llevar a la izquierda abertzale a una situación de debilidad, seguramente para vender algún día que si se ha implicado en un proceso de resolución es porque no tenía otro remedio. En otras palabras, sueñan de nuevo con la «rendición» reivindicada por Aznar en la Convención del PP, ésa que desmienten las actas de la reunión con ETA publicadas de nuevo en estas páginas.
La maniobra tiene unas notables cotas de irresponsabilidad. No hay proceso de solución posible sin contenidos como el derecho a decidir o la territorialidad vasca, pero tampoco lo hay sobre el desequilibrio entre las partes y el intento de avasallamiento permanente, que no repara siquiera en el dolor por las muertes.
Otegi preguntaba al mando de la Ertzaintza en Santurtzi «cuál es vuestra alternativa». El PNV, a falta de otras explicaciones, parece apostar por la alternativa Grande-Marlaska, al que ha abierto camino la Ertzaintza. O por la de Cuevas, que, sincero él, no entiende que «haya empresarios convencidos de que la paz es lo mejor».







