Hechos violentos; signos de esperanza

No obstante, desde hace tiempo en Nafarroa se aprecian ciertas conductas político-policiales que configuran a este herrialde como una especie de campo de pruebas. Ya no es «noticia» que las movilizaciones ciudadanas ítengan el caracter que tengan, estén «legalizadas» o noí se lleven a cabo en medio de un amplio despliegue de agentes uniformados; que las convocatorias sean examinadas con lupa por la «autoridad competente», como durante la dictadura; que cada nuevo delegado del Gobierno español tarde muy poco en «hacer mejor» a su predecesor... con el consiguiente riesgo de que, un día de estos, ya no sea noticia que se vulneren todos y cada uno de los derechos fundamentales, especialmente si los receptores de esas vulneraciones están relacionados con la izquierda abertzale.
No son éstas reflexiones gratuitas ni generalidades propias de un país que vive en pleno conflicto político y armado. El último «ejemplo» se registró en Iruñea la noche del sábado: una manifestación en la que participan miles de ciudadanos concluye pacíficamente... hasta que algún responsable de la Policía española decide que ese final no le gusta y lo cambia a base de porrazos. En esta ocasión, los agentes que agreden a los manifestantes son compañeros del autor de la muerte de Angel Berrueta; en esta ocasión, algunos de los manifestantes agredidos son los familiares de Angel Berrueta; esta manifestación había sido convocada para protestar por el fallo judicial que ha revocado la condena a una de las personas que se vieron involucradas en la muerte de Angel Berrueta.
Casi a la misma hora que se producían esos hechos en Iruñea, explotaba una bomba en una empresa de Irura. Inmediatamente comenzaron a surgir notas de condena a ETA y expresiones de solidaridad con la empresa atacada; ayer, desde las patronales y los partidos políticos se reprochaba a la organización armada que mantenga esas expresiones violentas en estos tiempos en los que tanto se habla de alcanzar un escenario de resolución del conflicto. Seguramente, quienes fueron agredidos el sábado en Iruñea también observan signos de esperanza, pero no les llegan desde los aparatos del Estado ni desde los portavoces políticos que callan mientras ellos reciben los golpes.







