¿Por qué el Estado bloquea un proceso de solución?

A primera vista parece que es una pregunta sencilla. Los estados español y francés no quieren participar en un proceso de solución integral al conflicto porque ponerlo en camino de solución podría suponer que entre otras cosas el derecho democrático a decidir de la sociedad vasca se abra paso. De la misma manera que ocurrió en la parte norte de Irlanda, o que en Sudáfrica fueran recuperados algunos derechos. Es por ello que tienen que negar la misma existencia del conflicto y reducirlo a un problema de “orden público”. De esa manera, no tienen que dar solución a algo “inexistente” y en el supuesto de hacerlo pueden centrarse en aspectos técnicos y no en el fondo.
¿Es bueno para el Estado abandonar la imposición política?. Se podría pensar que sí. Una democratización del estado español solo podría tener consecuencias positivas y sería un avance para el conjunto de la sociedad española. Aunque claro, se podría pensar que sí desde la credulidad del oprimido que no tiene para nada el mismo esquema mental que el opresor. El opresor ve que un proceso que traiga la libertad nacional a Euskal Herria es el primer paso para su destrucción y el instinto de supervivencia del opresor no es menor que el del oprimido, generalmente es mayor y sobre todo cruel. Ellos ven el proceso de emancipación nacional vasco o el catalán como el principio del fin del proyecto español. Sin Euskal Herria y Catalunya el proyecto capitalista histórico español haría aguas a nivel simbólico, económico (aun más), político y social. Un proyecto sustentado en la opresión de pueblos, al perder esa opresión se derrumba. Y tienen razón. No sobreviviría el estado español a su democratización, al menos no lo haría en coordenadas similares a las hoy conocidas. Y eso no se lo puede permitir la oligarquía española y sus intereses. Además como guinda abriría una puerta de oportunidad a la izquierda española.
Pero no solo eso. Las clases privilegiadas que dirigen al estado español y las clases privilegiadas de cualquier parte del mundo, jamás han hecho algo en contra de sus privilegios si no se ven forzados a ello. Nadie deja sus privilegios de lado y cede a los pueblos o a la clase trabajadora lo que con sangre y dominación histórica han robado. El que ha generado el conflicto, el que ostenta privilegios nunca los ha cedido. Jamás. Ni aquí ni en ninguna otra parte del mundo. Es una constante tanto como la gravedad.
Todo esto no supone una novedad. Es la razón de fondo, no solo a día de hoy, para que los estados no se hayan implicado sinceramente en una resolución y hayan apostado por la paz y el respeto entre pueblos. Aun así, surge la pregunta, ¿Por qué no optan aunque sea de una forma pragmática por abrir alguna vía de diálogo?.¿Ya sea parar asentar el cese de la lucha armada, buscar una normalización o para profundizar en un proceso de asimilación?. Podría parecer lógico incluso desde su perspectiva que al menos intentaran cerrar aspectos técnicos y frentes que les puedan erosionar en el futuro.
Puede parecer lógico e incluso alguna alma cándida podría pensar que no lo han hecho ni hacen “para buscar una respuesta” y “volver a esquemas del pasado donde estaban o supuestamente siguen cómodos”. Claro está, es lógica esa perspectiva, una vez mas, desde la credulidad del oprimido.
El estado descarta el diálogo. Y lo descarta como eje principal de su estrategia político-militar integral, al menos desde hace 6 años tras diversos análisis y cambios de estrategia para profundizar en las consecuencias de los procesos ilegalizadores y la represión “política” que como objetivo prioritario sigue teniendo a la organización Euskadi Ta Askatasuna incluso aún hoy tras el cese de la lucha armada. Que no es definida como una mera organización armada para el Estado sino muchísimo más.
Continuar indefinidamente en los mismos parámetros no es una buena decisión táctica para el Estado. Y son muchos los que ya lo han interiorizado pese a la fuerte oposición con la que se encuentran en sectores de sus propias filas. Y no es una buena decisión para ellos porque esa estrategia está agotada tras los éxitos conseguidos aunque también cuente con sus derrotas. Las necesidades contra-insurgentes hoy pasan por el destensionamiento de esa vía represiva y la re-formulación de la estrategia. ¿Hacia dónde?. Es obvio que una vez conseguido parcialmente algunos de sus objetivos es posible que solo les quede una vía, la de la asimilación y la represión aun más quirúrgica . Y esa vía choca frontalmente con actividades represivas clásicas a las que están acostumbrados y a la negación de todo diálogo ya que genera un tensionamiento político y posicionamiento psicológico que no les favorece en principio, aunque si la debilidad ideológica se radicalizara estaría por ver.
Es en esa encrucijada y en esa paradoja donde se encuentran. Intentar acabar con su presa más codiciada como prioridad en su estrategia aunque suponga no poder poner en efectivo una estrategia asimiladora de profundidad. La goma se puede romper. Si la sociedad vasca es capaz de crear nuevos generadores de presión y por lo tanto la confrontación ocupa el lugar que le corresponde, la estrategia estatal puede acabar bloqueada despejandose caminos para movimientos unilaterales emancipadores donde el diálogo será una opción que lo pedirán ellos. De lo contrario, una estrategia unilateral mal calculada y sin confrontación puede precipitar un proceso asimilador de máxima profundidad, con o sin diálogo.
Debe insistirse pues en la necesidad de fijar la derrota de la organización terrorista como objetivo imprescindible de la política antiterrorista. (..) El abandono del terrorismo no exige que el Estado construya una narrativa legitimadora de dicha opción mediante la oferta de diálogo, ese relato explicativo es responsabilidad de ETA.(…) Por todo ello, parece razonable descartar categóricamente el diálogo y la negociación con la banda en supuestos como los que hoy siguen defendiéndose.(…) El implícito reconocimiento de indulgencia penal que conlleva la admisión del diálogo en condiciones como las referidas coadyuva a superar esos límites fijados por el Estado, abocando a éste a una negociación política que pasa a ser justificada en aras de una aspiración tan loable como la erradicación del terrorismo. Bajo pretexto de que el fin último justifica los medios, el Estado alienta así la creencia en la eficacia de la coacción.(…) La negativa del Estado a establecer dicho diálogo, defendiendo las vías de salida del terrorismo que la democracia ya ofrece, aporta credibilidad a la posición estatal garantizando que la paz y la ibertad se antepongan a la política(…)
FAES 2007







