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Nacionales E.Herria :: 25/05/2013

Movimiento popular e instituciones

Borroka Garaia
Conformarse con que “no se puede hacer otra cosa” es lo que decía la socialdemocracia que se escondía tras un pragmatismo radical

Recientemente la organización ecologista Eguzki tachaba al acuerdo llegado en el ayuntamiento donostiarra sobre la recogida selectiva de residuos como un brindís al sol. No ha sido el único desplante y crítica realizada desde el movimiento popular en los últimos tiempos hacia ciertas medidas que se han ido tomando en relación a diferentes ámbitos y temas por la izquierda soberanista en las instituciones.

Esto es algo que debería preocupar debido a que el propio soberanismo de izquierda tiene definida a las instituciones entre otras cosas como una herramienta del movimiento popular. Por lo tanto, la primera conclusión es que existe un desajuste , y que éste no es anecdótico, sino que se ha repetido en muchas ocasiones.

Múltiples veces se ha comentado que las instituciones en las democracias burguesas de no ser encaradas con cierta actitud y estrategia son máquinas integradoras para las clases populares al igual que ocurre con los partidos políticos tradicionales. Máquinas integradoras en el sistema lo cual evita que pueda ser transformado radicalmente o cambiado. La derecha vive cómoda en las democracias burguesas sabedora y potenciadora de esa capacidad de asimilación y a la izquierda solo le quedan dos opciones; adaptarse al sistema o seguir el duro y difícil camino que requiere imaginación, amplias dosis de determinación para no dejarse llevar por esa corriente. Está en juego la posibilidad de convertirse en una izquierda capitalista tolerable y que apenas pueda arañar al bloque burgués vasco-español y que se haga imposible generar la energía necesaria para desbordar los límites legales en un proceso de cambio social y político, que no significa alternancia sino independencia y socialismo.

Lo cierto es que que las instituciones burguesas impuestas no van a traer el cambio por sí solas sin un proceso integral donde la lucha popular esté en vanguardia. No es un capricho que la lucha institucional deba estar al servicio del movimiento popular sino que es una condición para que realmente llegue el cambio. El frente institucional no puede por sí solo enfrentarse a semejante reto y por tanto una apuesta colectiva de confrontación y superación de las limitaciones existentes con todas las piezas bien engrasadas es lo que podrá ser la garantía de éxito, superando temores, posibilismos mal calculados o simplemente irresponsabilidad y destensionamiento político e ideológico ni querido ni deseado por el pueblo abertzale de izquierda.

¿Debe una fuerza política de izquierda llevar a acabo medidas anti-populares?. ¿Dónde está el límite entre lo posible y lo deseable?. ¿Hay que adaptarse a las limitaciones del sistema?. ¿Deben decidir los representantes institucionales del soberanismo de izquierda o ser transmisores?. ¿Qué hacer en el caso de que los números no den?. Estas y otras preguntas pueden surgir.

El otro día comentaba un lector que las instituciones tienen sus limitaciones y se basan en la representatividad. El hecho de no tener mayor representatividad es lo que impide en muchos casos que no se puedan adoptar medidas más deseadas. Parece un argumento razonable, pero éste se cae cuando una vez tomadas esas decisiones que no se encuadran fácilmente en los esquemas deseados se produce un proceso de justificación de lo realizado causando un retroceso ideológico inmediato a lo que hay que añadir la separación que crea automáticamente con el movimiento popular.

No es un problema de fácil solución pero conformarse con que “no se puede hacer otra cosa” es lo que decía la socialdemocracia que se escondía tras un pragmatismo radical y que tras la segunda guerra mundial no hizo mas que iniciar el camino hacia la integración capitalista en la que vive ahora. O mismamente es en lo que se escuda el PNV en el ámbito nacional.

El enfoque institucional del soberanismo de izquierda está caduco desde un punto de vista transformador y si realmente se va a apostar por el cambio real habrá que abandonar la obsesión por los acuerdos y la “gestión” y dejar de repetir esquemas del resto de partidos políticos y de lo que hasta ahora ha sido conocido como política institucional.

Si el movimiento popular (sindical, juvenil, etc…) no decide la política institucional que nadie se extrañe que las decisiones tomadas entre las paredes de las instituciones se vean como extrañas en muchas ocasiones. Y es que el sistema nos ha acostumbrado a que las decisiones institucionales sean cosa de políticos o técnicos. Cómo revertir eso puede ser un punto clave y el asamblearismo una herramienta que puede tener valor. Cuando las decisiones son compartidas, los éxitos o los fracasos también se comparten. Y es que en realidad, el soberanismo de izquierda no tiene que reinventar la rueda, ya que esa rueda lleva rodando tiempo y está inventada ya por el movimiento popular. Y lo que diga éste tendría que ir a misa. Si el esfuerzo se realiza para crear un buen “equipo de gobierno” en vez de una buena coordinación y mecanismos de participación, debate y decisión popular no se sale del bucle.

Y es que no solo están ciertas decisiones que se puedan tomar dentro del sistema y la legalidad sino fuera de él ,y esa es otra. ¿Cómo transformar un sistema desde el mismo sistema?. Esa es una de las preguntas del millón y la respuesta es fácil. No se puede. Desde el mismo sistema solo se puede actuar de palanca para transformarlo junto al resto de luchas. Ahí radica precisamente la importancia del movimiento popular, la lucha popular, la desobediencia (también institucional) y el impulso social que es en el que se tienen que dar los acuerdos ya que las instituciones deben transferir poder hacia ese pueblo, no asentarse en el poder del sistema y desde ahí “otear” o hacer simplemente política de salón con otros partidos.

A veces es mejor no hacer que hacer. Si el maximalismo puede llegar a bloquear el “minimalismo” encierra comúnmente aspectos mucho más negativos que poner el listón alto.

En realidad, serían dos concepciones de hacer política transformadora: Intentar centralizar todos los cauces de lucha y energía con el objetivo de la alternancia política institucional como objetivo prioritario ya que se tiene la creencia que eso será lo que consiga el cambio pese a que no se dirija a otro sitio mas que a la asimilación al repetir el mismo camino marcado y ya recorrido por la experiencia histórica con destino a ninguna parte o realmente creerse lo que se dice, que la lucha popular debe ser literalmente vanguardia y la lucha institucional estar a su servicio. Cómo hacer que la lucha institucional esté a su servicio es una tarea que no se está realizando en toda su extensión creando desajustes que pueden ser visibles en casos concretos de malestar en el movimiento popular pero que son mas de fondo y estructurales y entre otras cosas puede llegar a imposibilitar la creación de un contra-poder, limitando el poder popular, tan vital como necesario de cara a una ruptura revolucionaria y al verdadero cambio.

 

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