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Nacionales E.Herria :: 06/10/2013

Cambios: ¿Dónde y para quién?

Miren Egizabal
Este proceso no existe, porque para ello, se han de involucrar todas las partes. A algun@s se les olvida esto cuando utilizan términos como resolución, proceso de paz
El día 30 de septiembre del 2013 empezaba el día como un 24 de noviembre del 2009, cuando cerca de 800 policías y guardias civiles detuvieron a 34 jóvenes independentistas vascas en todo Euskal Herria, o como un 4 de octubre del 2007, cuando tuvo lugar una redada contra Batasuna. También a alguna le podría recordar a un 20 de mayo del 2008, o a un 21 de agosto del 2010. Podríamos hablar de miles de detenciones que han tenido lugar a lo largo de numerosos años de lucha del pueblo vasco. Pero esta vez era el día 30, del mes de septiembre, del año 2013. Llegadas a este punto no hace falta decir más. Hablemos de un inexistente proceso de paz, y porque no, de una fantasmagórica resolución del conflicto vasco. Echemos la vista atrás hasta documentos como Zutik Euskal Herria, acuerdos como Lortu Arte (Hasta consegirlo) o Euskal Herria Ezkerretik Eraikiz (Construyendo Euskal Herria desde la izquierda), y situémonos ante la creación de coaliciones o partidos políticos, siempre dentro de la legalidad y del juego democrático, no lo olvidemos, marcados por el enemigo. Para entender todo este proceso lleno de acuerdos, política institucional y un largo etcétera, la unilateralidad y la unión de fuerzas políticas y sindicales son dos de las claves; dos claves, que bien merecen un pequeño análisis. Por un lado, la limitación y desactivación de algunos, que no todos, los recursos de lucha social y de desobediencia civil es algo de lo que ya nos hemos percatado. Hemos entrado en el marco de la “legalidad”, y por lo tanto, de una deslegitimación propia. De lo que parece que algunas no se dan cuenta es que un pueblo que no lucha en la calle por sus derechos sociales y políticos está dirigiéndose directamente al fracaso, y el entrar dentro de unos márgenes marcados por el enemigo, es la causa y la misma aceptación de ello. Es cierto que durante años de ilegalidad y represión la militancia en Euskal Herria ni ha sido ni es fácil, y sin embargo, a pesar de ello, en los pueblos y barrios no ha faltado la lucha organizada en el proceso de construcción de un Estado vasco socialista y feminista. Los tiempos cambian (para algunas no), y con ellos los moldes de militancia, adaptándose a la nueva situación política donde la resolución del conflicto vasco, dicen, va encauzada por el buen camino. Pero este proceso es más que evidente que no existe, porque para ello, se han de involucrar todas las partes del mismo. A algunas se les olvida algo tan sencillo como esto cuando utilizan términos como resolución, proceso de paz y marco democrático (éste último, si bien, se han percatado que no existe). Por otro lado, la unión de fuerzas, la cual conlleva un tira y afloja, o también conocido como un “yo te doy y tú me das” que lleva precisamente a eso; la cuestión es ¿qué te doy yo?, y ¿a cambio de qué? De nuevo se está viviendo una situación que muchas personas califican de obstaculización del proceso de paz, alegando que no es el momento de unas detenciones masivas, las mismas personas que callaban hasta hace poco cuando la gente era detenida y torturada en Euskal Herria por su compromiso social y político, o cuando los actos a favor de los derechos de los y las represaliadas vascas eran ilegalizados. Y así una larga lista de ejemplos dentro de una política represiva, que permanece activa como quedó evidente el día 30, que será visible durante los próximos meses, en los que unas 200 personas encausadas por los sumarios de SEGI y de las Herrikos Tabernas pasarán por la Audiencia Nacional. Una política represiva que actúa directamente sobre las represaliadas políticas vascas y sus derechos, y sobre la situación de sus familiares y amigos: alargamiento de condenas aferrándose a la Doctrina Parot, la no liberación de las presas enfermas o de aquellas que han cumplido las ¾ partes de la condena, y el aislamiento en las prisiones con el objetivo de torturar psicológicamente; el exilio y la todavía no posibilidad de volver a casa sin miedo a ser detenida; la dispersión y el gasto económico y el peligro que para los allegados nos conlleva recorrer cientos de kilómetros para tener una visita de 40 minutos a través de un cristal, y en el mejor de los casos, un vis a vis de 2 horas y media. Claro que los tiempos han cambiado, la pregunta es ¿para quién?
 

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