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14/09/2015 :: Nacionales E.Herria

¿Llorones…?

x Mikel Arizaleta
He leído y releído las 8 páginas del documento Eraikiz del 11 de septiembre del 2015. Y detrás veo dolor sentido, preguntas, exigencias, tareas, anhelos…

He leído y releído las 8 páginas del documento Eraikiz del 11 de septiembre del 2015. Y detrás veo dolor sentido, preguntas, exigencias, tareas, anhelos…,

“Somos familiares de personas que han sido asesinadas por el terrorismo y la violencia de diverso signo de Euskadi, prueba de que la violencia ha existido… Somos un grupo plural, diverso, que ha decidido compartir reflexiones, vivencias y experiencias del dolor que hemos sufrido, con un ánimo restaurador y constructivo. Muchos participamos en el programa Adi-adian… Creemos que los derechos humanos son un absoluto ético. La violencia es inadmisible. Ha sido, es y será un fracaso siempre. No tiene justificación alguna, en ningún caso y bajo ningún concepto, ni siquiera como respuesta a la mayor de las injusticias previamente sufrida.

Creemos que es necesario conocer todo lo que ha sucedido, contarlo de una manera fiel y completa, para aprender de ello y garantizar que no se repita jamás. Nuestra apuesta para el futuro es que la convivencia es posible”.


Y, casi al mismo tiempo, Xabier Makazaga, conocido investigador del terrorismo del estado español escribía de manera ilustrada: “La mayoría de los torturadores condenados en firme por torturar ciudadanos vascos detenidos por motivos políticos han sido indultados por el Gobierno y bien pocos han sido los no indultados a quienes han aplicado realmente las penas impuestas”. Y daba datos, precisaba nombres, ubicaba el hecho en día, mes y año.

Pero fue el conocido historiador Iñaki Egaña, quien nos recordaba en su artículo en Gara, SEPULCROS BLANQUEADOS: “Las imágenes que llegan sin descanso en las últimas semanas sobre la tragedia migratoria han destapado, paralelamente, un ejercicio descomunal de hipocresía en el que la demagogia ha cubierto las esferas completas de nuestra vida. Parece como si el drama de la migración hubiera comenzado ayer y que el mismo se destapara gracias a la figura del niño Aylan Kurdi.

Esta doblez procede del origen de los tiempos, la colonización y la incursión de la civilización occidental sobre resto del mundo, y más recientemente de aquella otra fotografía de las Azores, con los halcones anunciando la desestabilización premeditada del Oriente Medio, para alcanzar el pleno en el control de los recursos energéticos fósiles.

Me remueve el interior escuchar voces inflamadas desde los gobiernos español o francés, desde la Unión Europea, lanzando lágrimas de cocodrilo, azuzando a los medios, para acoger a un pobre en Navidad, una familia refugiada en un albergue y ofrecer una rueda de prensa y lanzar confetis de una supuesta solidaridad. Un escarnio a la inteligencia.

No soy amigo de citas bíblicas, pero esta vez no he podido dejar de caer en la tentación: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (Mateo, 23-27).

Hemos sido un pueblo que ha conocido no hace mucho, tres generaciones, el drama del desplazamiento, del exilio masivo como jamás sucedió en nuestra historia. Masivamente, Y por ello, la sensibilidad a pesar de las interferencias, es parte de nuestro acerbo colectivo. Una sensibilidad que difiere de la del marketing que impone la cultura política occidental.

Entre 1937 y 1939, un total de 151.000 hombres, mujeres y niños vascos, huyeron de sus hogares perseguidos por el terror franquista. La mayoría cruzó la muga hacia el norte, y otros lo hicieron hacia lugares lejanos, también hacia África. La Segunda Guerra mundial, la miseria y el desarraigo, devolvió a aquella generación a su aldea, a comienzos de 1940. Pero el resto, unos 12.000, se desperdigaron por el mundo.

He perseguido muchas de esas historias de 1939, otras también más recientes, de esos 2.500 huidos desde 1960 que dejaron nuestro país desertando de las torturas, de la exclusión política para soñar en un lugar digno. Y me he encontrado con microhistorias tremendas, espeluznantes, suficientes para provocar un desasosiego infinito. Cada cifra esconde un drama, cada número una galaxia.

Las cifras, sin contexto, son tramposas, como el papel. En 1939, los huidos alcanzaron a ser el 13% de la población vasca de entonces. Trasladado a nuestros días, cerca de 400.000 habitantes. Imaginen que Bilbao y Baiona se quedan de repente, en 2015, sin vecinos. Cero habitantes. Un drama descomunal, inimaginable a pesar del esfuerzo. Tomen aire por unos minutos y reflexionen sobre las innumerables consecuencias”.

En nuestra vida todos, o casi todos, arrastramos dolores vividos, tragedias masticadas, injusticias profundas de calibre distinto. Y me pregunto ¿qué hemos hecho con ellas, de qué nos han servido, cómo afrontamos nosotros desde el dolor padecido el dolor que presenciamos y pervive hoy en otros? Porque nuestro dolor de ayer sigue presente hoy en la vida de otras gentes: sigue habiendo entre nosotros injusticias profundas, maltratos en cárceles, aislamientos vengativos, varas dobles, hijos que mueren, padres que huyen, abuelos que lloran, que sufren y revientan, gobiernos como el nuestro que venden guerras de maltrato, de sufrimiento y muerte a otros pueblos, que colaboran y apoyan con bombas y armamento que se arrojan sobre gente indefensa de otros países…

Hay un hecho que ilustra lo que digo: el asesinato de Íñigo Cabacas por la ertzaintza el 12 de abril del 2012, en la celebración de fiesta y alegría en la calle luego de un partido de fútbol ganado con esfuerzo . Asesinado de un pelotazo cercano por policías de aquí, mandados por gente de aquí, participando nuestro gobierno, indagando nuestros jueces y fiscales. Todo tan sencillo, tan claro, tan evidente, tan fácil de esclarecer… Tres años después sólo humo y agujero negro. No se ha esclarecido porque no sólo no se ha querido sino que se ha vertido tinta de calamar y mentira sobre el caso. Gobierno y aparatos policiales y judiciales hoy en nuestro pueblo amparan asesinatos. Y quien en la vida ha masticado el dolor, el dolor pasado y las lágrimas vertidas entonces y en la vida deben enseñarnos a llorar y solidarizarse con el dolor del presente, y más si éste está causado desde la autoridad, desde quienes tienen por bandera los derechos humanos y su cultivo. Sí, sepulcros blanqueados. Resulta difícil colaborar con ellos, con la justicia, con la ertzaintza, con alcalde y el gobierno vasco.

En el juicio reciente contra un viejo funcionario de las SS de Auschwitz, Oskar Gröning, la octogenaria Eva Mozes Kor dijo algo desde su pasado, que resulta lección de vida. Los padres de Kor y dos de sus hermanas fueron gaseadas en Auschwitz. Sólo ella y su hermana gemela Miriam sobrevivieron porque cayeron en manos del médico del campo Josef Mengele y experimentó con ellas. Y sobrevivieron ambas por su indomable ganas de vivir y, también, por haber perdonado a los nazis: "De ese modo tomé las riendas de mi vida, porque con rabia y dolor una no puede vivir. El perdón es un acto de autoliberación, gratis y sin efectos secundarios".

He leído y releído el documento de 8 páginas de Eraikiz. Durante su redacción y publicación ha habido manifestaciones por violaciones graves de derechos humanos a gentes de nuestro pueblo en las cárceles del estado español, violaciones gravísimas, de sangre y muerte en masa contra ciudadanos que huyendo de la guerra se lanzaban al agua y emprendían marchas por caminos enemigos buscando supervivencia, solidaridad, aire de humanidad cercana y amiga en algún rincón del mundo…; y el documento de Eraikiz en estos momentos me ha parecido más lloro que abrazo y solidaridad con el terrible dolor de las gentes de hoy, dolor que supura abundantemente en imágenes y relatos.

El documento de personas, que han masticado el dolor amargo y acibarado en la vida, como ellos, debiera haber contenido una queja amarga contra las autoridades, gobiernos y sus violaciones, contra sus desidias hoy…, debiera haber encerrado una llamada, un grito de solidaridad a las gentes, una apelación desde el dolor sentido ayer al dolor supurante de hoy, debiera haber encabezado una manifestación de ayuda, agasajo, abrazo, un encuentro global en el dolor de hoy desde el dolor sentido ayer… Y, a mí, me ha dolido ese dolor mal masticado, porque no entiendo ese dolor meramente llorón.
Mikel Arizaleta

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