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31/12/2011 :: Nacionales E.Herria

Ocho miradas al futuro recién salidas de la cárcel

x Ramón Sola/ Gara
Será muy importante que la manifestación del día 7, que en sí misma va a suponer una movilización sin precedentes, sea además el inicio de una dinámica sostenida

La última Nochevieja la pasaron en prisión, pero en 2011 han vuelto a casa. Ha ocurrido en un momento inédito, marcado por el cese definitivo de la lucha armada de ETA. Algunas cosas han cambiado, otras se empiezan a mover y el resto sigue siendo un reto pendiente para 2012. Y, entre todas, una prioritaria: la situación de los presos, sobre que la que tienen mucho que decir. GARA ha interpelado a ocho ex presos sobre un pasado muy cercano, un presente apasionante y un futuro que no está escrito.
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Ramón SOLA | DONOSTIA

Se habla y escribe mucho sobre ellos -y más que nunca ahora-, pero se habla poco con ellos. Y voces dispuestas no faltan, como las ocho aportaciones que ha recogido GARA para que sirvan de puente entre la cárcel y la calle, entre 2011 y 2012, entre el pasado en prisión que tienen muy vivo y un futuro ilusionante, pero incierto a la vez. Todos ellos comenzaron este año que acaba hoy al otro lado de unas rejas y ahora están libres, en un momento muy especial que dota aún de más interés a sus testimonios.

Entre ellos hay casos muy diversos, por edad, por procedencia, por historia personal, por tipo de militancia... Kandido Zubikarai (Ondarroa) no pisaba la calle desde los años 80, ya que se ha pasado encerrado los últimos 22. Cerca de dos décadas de prisión llevan también sobre sus espaldas Joxe Mari Mujika (Orereta) y Jabi Lazkano (Bergara). Iker Casanova (Barakaldo) ha entrado y salido desde 2002. Alberto López (Barañain) está libre hace dos semanas, pero no del todo: sigue a la espera de la sentencia. Olatz Izagirre (Urnieta) y Ion Telleria (Idiazabal) son dos de los múltiples jóvenes independentistas que ya saben qué es la prisión. Y Eñaut Aramendi (Urruña) aporta la experiencia menos conocida de las cárceles del Estado francés.

GARA les ha planteado a todos ellos tres cuestiones comunes que tienen que ver con el ayer, con el hoy y con el mañana. El objetivo era formar un mosaico de opiniones que reflejen y resuman la situación que han dejado en prisión, las expectativas actuales y las posibilidades futuras, a pocas horas de entrar en un 2012 en el que el tema de los presos irrumpe como preocupación social urgente y, por vez primera, como punto principal en las agendas políticas. Y todo ello teniendo a la vuelta de la esquina la movilización del 7 de enero. El año pasado no pudieron estar en Bilbo, pero esta vez sí. Empezamos por detallar lo que acaban de dejar atrás.

AYER
Política carcelaria, la pesadilla que no cesa, crece

«Preso egon denaren gogoa gartzelara itzultzen da beti», escribía Joseba Sarrionandia hace ya unos cuantos años. Y la mente vuelve aún con más intensidad a la cárcel si todo está muy reciente y todo ha sido muy largo. Este es el caso de Joxe Mari Mujika, Jitxo, que se ha pasado media vida en prisión: entró con 22 años y salió el pasado mayo con 42. Su recuerdo más duro se remonta a 1995, cuando falleció su padre. «Estaba en Meco. Hice todos los papeles, entregué todo, y al día siguiente el funcionario me llamó y me dijo: `Te vas'. Pensaba que salíamos para Martutene, pero no, me llevaron a Cartagena. No me subieron a Donostia hasta un mes después de que muriera».

Muchos afirman que la política carcelaria no ha dejado de ir a peor desde que se implantó oficialmente la dispersión, hace un cuarto de siglo. Mujika es uno de ellos: «Sí, han ido apretando y apretando en todo: fuera el polideportivo, fuera la UPV, fuera las llamadas, trabas al vis a vis, los cacheos... Buscan romper `la roca', como decimos nosotros allá dentro».

Por su extenso periplo, Zubikarai es el más autorizado para confirmarlo, y lo hace sin vacilación: «Sin duda. La situación actual es la peor en mucho tiempo. Vieron que la política de arrepentimiento fracasaba y por eso han incrementado la represión -entiende-. En mi caso, les pareció poco aplicar la doctrina 197/06 y me tuvieron cuatro meses más en prisión, de modo que me la aplicaron dos veces. Pusimos una denuncia por este tema, y ya veremos qué pasa». En cualquier caso, ya será tarde; debía estar en Ondarroa desde 2006 y no ha podido salir hasta setiembre de este año.

Iker Casanova ha percibido lo mismo, pero en un periodo más corto; apenas una década, en la que siete años y medio han sido de gobiernos del PSOE: «Desde que entré en contacto con el medio penitenciario en 2002, todo lo que he conocido, salvo pequeñas excepciones y variaciones de cárcel a cárcel, han sido retrocesos», explica. Tiene constatado que esta deriva «se agudizó tras la ruptura del proceso de diálogo de 2006-2007; en los últimos años el Estado ha estado realmente obsesionado por romper el Colectivo y utilizar la situación en las cárceles para condicionar la estrategia política de la izquierda abertzale», asegura.

Para Alberto López Iborra han sido tres años de «experiencia», y también siempre a peor hasta en detalles aparentemente menores pero esenciales para alguien que está preso, «como la calefacción o el agua caliente, con las que hemos tenido condiciones límite. Con pequeños matices y variaciones, pero continúan utilizando la política penitenciaria como un mero chantaje -valora-. Nos separan en diferentes módulos, imponen situaciones de aislamiento, de práctica imposibilidad para realizar actividades, control asfixiante de las comunicaciones...»

A Ion Telleria le ha tocado convivir con dos presos enfermos y ver que «la dirección les ha negado una atención sanitaria adecuada, incluso en situaciones extremas». Subraya igualmente que en el tiempo que ha estado al otro lado de los muros, «no he visto ni un solo paso para mejorar las condiciones de vida, a excepción de los que se han logrado como consecuencia de dinámicas de lucha». Olatz Izagirre añade en su caso concreto la relación con las funcionarias de Soto del Real (Madrid): «Ha sido muy tensa, sobre todo con las compañeras que estaban en galerías de aislamiento. Tres han sido golpeadas por la impunidad que existe ahí».

El aislamiento es también uno de los peores recuerdos en la memoria de Jabi Lazkano, con dieciocho años de prisión recién dejados atrás (salió en noviembre). Quince de ellos los pasó en Alcazar de San Juan, «siempre en primer grado, en unas celdas muy pequeñas... Aquello está en medio de La Mancha y nos sacaban al patio a las 13.30. Recuerdo que en verano nos apelotonábamos para pillar el medio metro de sombra que había. Pero bueno, hacíamos un bonito grupo», señala, como queriendo repescar de la mente recuerdos más dulces.

Tras haber pasado un año en prisión, Eñaut Aramendi también apunta la importancia del apoyo mutuo: «Lo importante cuando entras a una cárcel es que haya presos políticos vascos -asegura con rotunidad-. Ahí se ve qué es la solidaridad; en mi caso, tengo mucho que agradecer a todos los kides de La Santé, aupa zuek!». Al margen de ello, a este vecino de Urruña le ha llamado la atención la dificultad extrema para conseguir cualquier cosa en prisión: «En nuestro caso, pedirlo al director no basta. Tienen que tener permiso de los jueces de París para decidir, y por eso la respuesta suele ser no. También en la cárcel la lucha es el único camino -resume-. En Chateauroux nos quitaban la ropa limpia que nos metían del exterior por poner `prisonnier politique basque'».

HOY
Las decisiones de EPPK, una puerta muy abierta

El cambio de año llega tras un trimeste en que el Colectivo de Presos Políticos (EPPK) ha dado pasos significativos, de los que los consultados han sido partícipes: la firma del Acuerdo de Gernika, la activación de peticiones de libertad y repatriación, el anuncio de un debate interno.... Obviamente no se asientan en el vacío, sino en un nuevo tiempo marcado por la decisión de ETA de dejar la lucha armada definitivamente.

¿Qué camino pueden abrir? La pregunta da paso a respuestas más variadas. Comencemos ahora por los jóvenes. Olatz Izagirre entiende que las decisiones de EPPK «tienen una importancia grande, muy grande», porque «los presos políticos vascos son consecuencia directa del conflicto político, y por eso tienen que tener un papel activo, tienen que ser sujeto político en el proceso democrático que se ha abierto. Los pasos de EPPK van en esa dirección, porque tanto en la calle como dentro hay que luchar para traer a los presos a casa y para la solución democrática».

Casanova abre el foco para dar un contexto amplio a la respuesta: «La decisión unilateral de ETA ha dejado al Estado como el único actor que emplea la violencia. Los movimientos de EPPK contribuyen a resaltar ese inmovilismo del Estado y lo dejan en una situación muy complicada ante la opinión pública vasca, incluso para algunos sectores españolistas». Admite que «no va a ser fácil» lograr un escenario de solución política y sin presos, pero constata que hoy «la posición ideológica de los sectores democráticos vascos que demandan un escenario sin ningún tipo de imposición violenta es muy fuerte, irrebatible en términos democráticos, y aunque no se logren todos los objetivos el año próximo, es indudable que se va a seguir ganando terreno, tal y como ya está sucediendo».

Su opinión se asemeja a la de Telleria, que se expresa así: «Yo creo que estos pasos muestran la voluntad inequívoca del colectivo. Y a su vez, el silencio e inmovilismo por respuesta muestran que esa voluntad no es correspondida por los gobiernos de turno de Madrid y París. Son pasos que sortean las excusas esgrimidas por políticos profesionales que desconocen la realidad social y política de este país. Y demuestran una vez más que EPPK ni ha sido, ni es, ni será nunca obstáculo para la solución, sino un agente activo y comprometido con las reivindicaciones de este país».

«Importante» es también el término que usa Aramendi para valorar estas iniciativas. Pero avisa acto seguido de que «sólo tendrán consecuencias si la gente se implica en favor de esas reivindicaciones». El urruñara hace hincapié en que hay experiencia sobrada para constatar que los estados siempre tratan de utilizar a los presos y augura que «también ahora intentarán romper el colectivo». En concreto, dice, ofreciendo a los presos excarcelaciones en determinadas condiciones de cumplimiento de «las leyes que nos han impuesto».

Alberto López considera que «es lógico que las decisiones estén en consonancia a los movimientos políticos acontecidos en Euskal Herria en los últimos meses. Ahora bien, de momento no veo a los estados con voluntad de dar pasos positivos en esta materia, por lo que la presión desde todos los ámbitos es imprescindible». Este joven navarro apunta otro dato: «Debo decir que los impedimentos que el colectivo ha tenido a la hora de participar en estas decisiones han sido numerosos».

Lo corrobora uno de los veteranos, Jabi Lazkano, que se plantea incluso si esas decisiones se pudieron tomar antes, pero matiza acto seguido que «no es fácil hacerlo» en las condiciones que existen en prisión. Sea como fuere, tiene claro que son acertadas: «Las veo como pasos dentro de un camino que hemos abierto y que tenemos que ir recorriendo así, paso a paso. Ellos se llenan la boca con su `legalidad' y ésta es una manera de decirles: `pues ahí tenéis'». Eso no implica que las decisiones vayan a tener efecto automático, matiza en coincidencia con otros ex presos: «Incluso diría que soy pesimista, pero cada preso que vuelva a casa, aunque sea uno solamente, ya es muy importante».

También Mujika pone en valor antes que nada el proceso interno que ha llevado a estas decisiones: «Que en unas condi- ciones tan duras haya habido un debate y haya salido lo que ha salido, creo que es un activo muy importante y muy positivo. Se trata de pedir lo que nos corresponde, dentro de un bloque colectivo, y a la vez dar impulso a una vía que nos puede llevar a lograr los objetivos. ¿Si creo que se conseguirá? Creo que sí, aunque va a costar bastante. El aparato represivo no se ha desmontado y lo que les va a quedar al final en este tablero son los presos políticos vascos, a modo de rehenes. Pero sí creo que al final van a tener que dar pasos, y ojalá que sea más pronto que tarde», dice el oreretarra.

Precaución destila -la experiencia acumulada obliga- la valoración de Kandido Zubikarai: «Es de suponer que al menos en un primer momento la política represiva no cambiará, aunque veamos tan claro que es una política de mera venganza. Y en un segundo momento, cuando se sientan presionados para dar un paso por las movilizaciones de la calle, querrán vendérselo a la sociedad como un fruto de la política de arrepentimiento, utilizando a los medios que controlan para lanzar ese mensaje», vaticina.

MAÑANA
El 7-E, un activo político y también emocional

A una semana vista, los ocho ex presos cuya opinión ha recabado GARA tienen como referencia muy clara la movilización del sábado próximo en Bilbo. Desde su posición se le concede una importancia especial, y no sólo por los efectos políticos que pueda tener, sino también por el respaldo emocional que traslada a los encarcelados y sus familiares. Hablan de todo ello como ex presos, pero también en gran medida como los presos que han sido hasta hace muy pocos meses o semanas.

¿Cómo explicar qué suponen estas movilizaciones masivas para quien recluido a cientos de kilómetros, recibiendo las noticias con cuentagotas y muchas veces por medios muy poco fiables? Jabi Lazkano reconoce que le cuesta encontrar las palabras exactas. Al final se lanza: «Para mí siempre ha sido como cargar las pilas. Ha sido la leche. Recibir la prensa en los días siguientes, ver en el GARA cuánta gente ha habido... la leche. Es ahí donde sientes el apoyo. En Zuera la ilusión se contagiaba con esas cosas». «Para los que están dentro, ésta va a ser increíble, seguro», adelanta. Y se acuerda en ese momento de un preso de su localidad que acaba de ser llevado «de Alicante a Almería. Sus familiares van a tener que hacer 600 kilómetros más. Así están las cosas todavía, ¡fíjate si es importante ir a Bilbo!».

Para Joxe Mari Mujika también pesa más el valor anímico que la trascendencia política. «En las cárceles, cada protesta de estas da mucho juego para el debate entre todos y para alimentarte personalmente. El patio es un hervidero. Recuerdo que llamabas a las dos de la tarde a casa y te contaban: `ya estamos aquí, con la mochila, esperando al bus para ir a Bilbo, y se te ponía la carne de gallina', y luego lo mismo cuando te contaban cuanta gente había habido, casi con lágrimas. Que el año pasado, en momentos aún muy duros, se reunieran 64.000 personas en Bilbo es un balón de oxígeno impresionante. Y no sólo para los presos, ¿eh? Cuando estás dentro es muy importante ver que los familiares están respaldados». Hoy, un año después, Mujika ya tiene muchas ganas de que llegue el día: «Creo que será muy emocionante, y también incluso festivo por eso mismo que digo: esto tiene mucho valor para los familiares».

¿Qué han sido estas movilizaciones para Kandido Zubikarai? «Oasis en el desierto», responde el ondarrutarra. «Los pensamientos de los presos y refugiados políticos vascos siempre están en Euskal Herria, siempre -explica-, aunque estés a cientos o miles de kilómetros. Y especialmente en estas grandes movilizaciones. Son oasis que se encuentran en el desierto. Y los oasis son increíbles para saciar la sed, pero esta movilización debería ser también el punto de partida para salir del desierto», añade el ondarrutarra. Lo subraya con otra afirmación paralela: «Está claro que la movilización del 7 de enero va a ser una foto de apoyo muy bonita. Y las fotos son interesantes, pero hay que poner a todas esas miles de personas en marcha, porque es eso lo que traerá aquello con lo que soñamos, que es que todos los presos y refugiados estén entre nosotros».

El término «colosal», utilizado para definir esta movilización, ha calado hondo. La urnietarra Olatz Izagirre ve claro que será así: «Visto el recorrido de los últimos años, está claro que una gran parte de la ciudadanía de Euskal Herria reclama una solución democrática y que los presos y refugiados estén en casa con todos sus derechos respetados». Cree que servirá además para «enseñar a los estados español y francés que aquí tienen un pueblo fuerte, cara a cara, y para obligarles a dar pasos y a hacer cambios en la política carcelaria». Sólo un matiz más: «No podemos olvidarnos de que después del 7 de enero va a ser indispensable seguir impulsando el proceso democrático y seguir en la defensa de los derechos de los presos».

Eñaut Aramendi es escueto al respecto, porque considera tan evidente que la movilización es la clave de todo que no necesita gastar muchas palabras: «Si la gente lo quiere, se logrará primero mejorar la situación de los presos y luego, poco a poco, liberar hasta al último de ellos».

Ninguno de los consultados por GARA para este reportaje tiene duda de que será una manifestación imponente. Habla Alberto López: «Es evidente que la magnitud de esta movilización va a ser enorme. Sin embargo, la repercusión que pueda tener todavía no está en nuestras manos. Más allá de dinámicas puntuales, la sociedad vasca debe ser consciente de que para lograr nuestros objetivos la constancia es un elemento clave». Vuelve la mirada a sus tres años en prisión: «Estar en la celda y ver miles de personas en la calle siempre supone un apoyo, pero es más alentador saber que hay gente que a diario construye Euskal Herria de manera voluntaria. La mejor garantía para no volver a la cárcel es conseguir la libertad de nuestro pueblo», concluye.

Toma el relevo Iker Casanova, que sitúa la manifestación de Egin Dezagun Bidea en una constatación objetiva: «El fin de esa violencia contra los presos se presenta como absolutamente imprescindible en el nuevo ciclo político».

«El Estado sólo va a dar pasos cuando el coste de no darlos sea mayor que el de darlos -predice- y en este sentido, si en un momento dado interpreta que su inmovilismo en el terreno penitenciario está generando un debilitamiento de su posición y de sus intereses, tendrá que replantearse la política penitenciaria. En esta línea será muy importante que la manifestación del día 7, que en sí misma va a suponer una movilización sin precedentes, sea además el inicio de una dinámica sostenida que obligue al Estado a poner fin a la dispersión, para poder ir avanzando gradualmente hacia la imprescindible amnistía».

Pero quizás sea Ion Telleria el más contundente a la hora de valorar la importancia de la manifestación: «¿Decisiva? ¡No hay más! O será la activación popular lo decisivo o no habrá nada sobre lo que ser decisivo. Evidentemente, no sólo esta manifestación, sino la dinámica popular diaria, pero el futuro de este pueblo está en manos de esa activación popular».

«La buena voluntad puede ser una virtud, pero esperarla de quien tanto sufrimiento nos ha provocado sería una estupidez y una inocencia imperdonable -advierte el joven independentista, que ha sido excarcelado en noviembre-. Ellos dicen que las voluntades populares deben ceñirse a la legislación vigente; nosotros sabemos que es la legislación la que debe adaptarse a la voluntad del pueblo. Y toda la ciudadanía vasca deberemos dar un pasito más para que así sea», concluye.

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