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Nacionales E.Herria :: 24/09/2008

Paisajes rotos: artificialización y fragmentación del territorio

Luis Andrés Orive
El ejemplo de la Alhambra que recomendaba restaurar con pincel y bisturí y no con una excavadora. Los problemas de nuestro tiempo en materia de paisaje probablemente necesiten también menos bulldozers y mucha más creatividad, innovación y sensibilidad.

No es difícil hacerse una idea de la importancia cuantitativa y cualitativa de los procesos de artificialización-urbanización en nuestros paisajes cotidianos. Basta con revisar los datos ofrecidos por el OSE (Observatorio de la Sostenibilidad de España) sobre los cambios de uso del suelo para darse cuenta de la magnitud de los procesos de cambio. En poco más de una década (1987-2000) las superficies artificiales han aumentado en más de 240.000 hectáreas, a expensas de tierras agrícolas, pastizales y bosques. En Euskadi, según los indicadores de sostenibilidad ofrecidos por el Gobierno Vasco, también hemos corrido de lo lindo. En el periodo 2003-2007 se urbanizaron casi tres millones de metros cuadrados y sólo en 2005, en el ámbito del transporte se ocuparon 18.525 hectáreas, el 2,56% de nuestro territorio.

Los datos cuantitativos son incontestables y además el ciudadano lo percibe. El boom inmobiliario-infraestructural ha calado en todos y hay una especie de consciencia colectiva que nos dice que quizás nos estemos pasando...

A esta situación hay que añadirle dos circunstancias más: La primera, es que la expectativa no es parar, y mucho menos ahora con la desaceleración económica. La lista de planes sectoriales con una influencia territorial importante es larga (industria, logística, infraestructuras, vivienda…) y también la de planes estratégicos que van “por libre”. La presión sobre el planeamiento general, sobre la ordenación territorial clásica es de tal calibre que ésta, justo tiene margen para componer el puzzle.

La segunda tiene que ver con los aspectos cualitativos de esas enormes tasas de artificialización del territorio. Los informes de la Agencia Europea del Medio Ambiente muestran continuamente la gravedad de la situación en sus vertientes ecológica, económica y social: “Los procesos actuales de expansión urbana se caracterizan por provocar además de una reducción de áreas rurales y naturales, una fragmentación de los paisajes con evidentes consecuencias negativas sobre especies, comunidades bióticas, y hábitats además de una gradual reducción y pérdida de calidad paisajística. La repercusión sobre la calidad de vida de los ciudadanos que sufren estos procesos es evidente.

Las Causas

La voracidad del sistema económico sigue sin contar con el costo ambiental, y muchas veces social, de los bienes y servicios introducidos en el mercado globalizado, sin fronteras, sin límites, y con muy pocas restricciones… Esto lo expresó hace casi 20 años el economista Kenneth E.Boulding (1989): “Todos los sistemas naturales son curvas cerradas, mientras que las actividades económicas son lineales y suponen inagotables recursos y “pozos negros” en los que arrojar nuestra basura… Nos negamos sistemáticamente a tratar como capital los recursos ambientales. Los gastamos como una renta y cuando nuestros cheques empiezan a ser rechazados, nos quedamos tan confusos como cualquier estúpido heredero despilfarrador”. Riquezas tan “comunes” como el aire, el agua, las tierras fértiles, los bosques y los bienes de propiedad pública están especialmente expuestos hoy día a ser malgastados al tratarse como recursos inagotables, como sumideros sin fondo o simplemente como artículos de feria. Piénsese, en la cantidad de recursos naturales y energía empleados en la producción de cosas efímeras, esencialmente envoltorios, con apenas unos segundos de vida “útil”.

Esta semilla del binomio consumo-felicidad ha arraigado tan profundamente en nuestra sociedad que no parece posible a día de hoy un cambio de rumbo sustancial.

Las enormes capacidades tecnológicas desplegadas por el ser humano en los últimos años y las grandes perspectivas que ofrecen para nuestra calidad de vida se han venido utilizando sin plena conciencia de las consecuencias que conjuntamente tienen sobre la naturaleza y sobre el funcionamiento del planeta.

Hoy ya hay certidumbre científica de que la actividad humana está afectando de forma profunda a la mayor parte de los procesos que determinan el funcionamiento de la biosfera.

Esto, la sociedad lo percibe pero hoy en día el abismo que existe entre lo que hay (con todas las deficiencias del sistema económico actual) y la nada (porque desgraciadamente no existe una alternativa solvente generalizable) hace que estemos en general, y la clase política en particular, como espectadores del cambio global más que como actores implicados.

Cuando oímos hablar tan reiteradamente de las generaciones futuras, del desafío colosal para toda la humanidad… es para echarse a temblar porque sabemos lo que significa.

Probablemente venga de aquí el éxito del concepto “desarrollo sostenible”, suficientemente polivalente y versátil para aguantar la situación. Aunque los discursos de sostenibilidad proliferan, a juicio de muchos tienen ya una carga cosmética intragable y quizás haya que ir pensando en que ”desarrollo sostenible” es un concepto ya inservible por absurdo con el actual modelo de desarrollo económico despilfarrador de recursos, ineficiente energéticamente y socialmente injusto y poco comprometido.

¿La ciudad contra el territorio?

Dentro de las dinámicas de consumo galopante comentadas, resulta “lógico” que se produjera el despliegue hace unos pocos años de toda una batería de acciones liberalizadoras para la urbanización expansiva, capitaneadas por la Ley del Suelo de 1998, en la que todo el suelo del territorio español era urbanizable excepto el que contaba con determinados valores naturales que había que proteger y el que ya era urbano.

En las últimas décadas se ha ido gestando un modelo territorial standard que basándose en las posibilidades que ofrece el vehículo privado ocupa todo el territorio de forma indiscriminada. Tenemos así, por un lado, unas islas naturales más o menos protegidas y por otro unos sistemas urbanos que se van desperdigando por el territorio a modo de esquirlas suburbanas. En medio, unos paisajes de transición entre la ciudad y la naturaleza inmensos e inabarcables.

En estas grandes periferias urbanas cabe todo, porque todo es accesible en minutos con nuestro coche o con la utopía de un transporte eficiente público que lleve rápido a todos, de forma barata y a todos los sitios. Estos territorios que Fariña llama interfases o Celecia “interlands” son quizás los que más preocupan a ecólogos y planificadores.

Estamos asistiendo a una especie de modelo internacional de “plan estratégico” que ofrece lo mismo en Tokio que en Salvatierra : la promesa de posicionarte en la élite del urbanismo con un pack en el que grandes centros de comercio y ocio, centros tecnológicos, clubs deportivos selectos (privados), urbanizaciones con chalets adosados y campos de golf y si te descuidas un circuito de carreras…, adecuadamente envueltos en una red de autopistas y variantes , conforman el paisaje “a desear”.El trasnochado paisaje agrícola que estos ideólogos denominan despectivamente “vacío territorial”,ya no tiene sentido en un futuro moderno por aburrido y falto de auténtico valor de mercado (se entiende la ironía, supongo…).

Estos modelos de urbanización expansivos, producen sectorización de usos, uniformidad, fragmentación territorial y segregación social. Además de la enorme ocupación de suelo, se produce una inmediata degradación de los paisajes intermedios como consecuencia inevitable del modelo.

Parece que la Comisión Europea, preocupada por los acelerados procesos de transformación (dispersión, especialización y segregación) que se están dando en la ciudad y en el territorio con la consiguiente pérdida de recursos naturales y culturales –paisajes- está tomando cartas en el asunto. Así surgen la Estrategia Territorial Europea (Postdam 1999), o los Principios para el desarrollo territorial sostenible del continente europeo de la CEMAT (Conferencia de Ministros responsables, Hannover 2000), o más actualmente la propia Agenda Territorial Europea y los documentos ligados a las Estrategias de Desarrollo Sostenible en los que se evidencian intentos para combatir estos problemas.

Pero, sin duda, los pasos más decididos para revertir las tendencias ya enunciadas se han dado desde el Consejo de Europa con el impulso a la creación de la Red Ecológica Paneuropea –pasar de islas naturales a red funcional se considera por los expertos una estrategia clara para frenar la brutal pérdida de biodiversidad a la que se enfrenta Europa y más específicamente con la elaboración del Convenio Europeo del Paisaje (CEP a partir de ahora) que entró en vigor en 27 países europeos el 1 de marzo de 2004. La esencia de estas actuaciones políticas es la comprensión de que los acelerados procesos expansivos que se están produciendo en las últimas décadas son profundamente perjudiciales para el planeta, pero también para el territorio europeo y sus ciudadanos.

El paisaje como territorio resultante de la interacción de elementos y factores naturales y culturales (humanos) es ya con el CEP una entidad global objeto de protección y regulación jurídica. Y ya era hora…

Estas formas de vida tan rápidas, y a la vez tan ineficientes, están destrozando nuestros paisajes y con ellos no sólo naturaleza, sino nuestra propia identidad. El convenio consagra al paisaje como bien público (Las fanegas, ciertamente, son de Cleón pero el paisaje es mío, que escribía Mackay) y extiende el concepto a todo el territorio; no sólo se refiere por tanto a los espacios naturales rurales o de interés cultural, sino también a los paisajes cotidianos (Zoido,2000) con especial atención a los degradados.

Y ahora.. ¿Qué hacemos? El futuro del paisaje en el País Vasco

Probablemente en los escenarios de incertidumbre que nos acechan,no podamos entrar de lleno en las claves para avanzar hacia un genuino desarrollo sostenible , pero si se pueden definir soluciones parciales y a su vez firmes y sensatas, donde sabemos que no nos equivocamos. El principio de precaución y el de solidaridad con la “integridad de lo creado” lejos de frenar el desarrollo, probablemente ayuden a ganar tiempo en esta transición que vivimos hacia otros modelos y formas de vida urbana que están por venir y que ni siquiera podemos imaginar a tenor del ritmo de los cambios globales. Las sociedades que menos hipotequen sus recursos –paisajes- y que “aguanten el tipo” ante los escenarios de riesgo que propondrá el libre mercado en los próximos años serán las de mayor éxito en el futuro. Vivimos en un país pequeño, muy pequeño, y creo que a estas alturas deberíamos tener claro dos cosas:

La primera es que todo no cabe en todos los sitios, que es lo mismo que decir que lo que a otros conviene o cabe, quizás a nosotros no (aspectos más o menos cuantitativos).

La segunda tiene que ver con los aspectos de calidad. Nuestros paisajes están sufriendo una auténtica sangría, precisamente por esa falta de visión global, que ahora fomenta el CEP, y quizás también por una falta de sensibilidad sectorial. Se están produciendo cambios y agresiones tan rápidos y determinantes en nuestros paisajes que a veces parece que despreciemos sus valores.

Una sociedad inteligente no maltrata sus paisajes porque sabe lo que se juega. “El paisaje hace al paisanaje” decía Unamuno y eso los vascos lo sabemos muy bien. Nuestro carácter e identidad están íntimamente ligados a nuestra tierra y viceversa. Nuestra tierra es el fruto de nuestro quehacer a lo largo del tiempo. La ruptura, fragmentación, degradación y banalización de nuestros paisajes nos rompe a nosotros mismos como sociedad y como individuos.

En este punto, creo que sería bueno como medida inicial que el País Vasco se adhiriera al CEP y en el camino nos obligáramos a un pacto social y político para mirar cada metro cuadrado de este pequeño país con mucho más cuidadoy sensibilidad, para no hipotecar las posibilidades de gestión de nuestros hijos y su calidad de vida y para no borrar del mapa de un plumazo, nuestra huella identitaria. Ya es hora además, y así también lo anuncia el CEP, de que el paisaje en su marco de sostenibilidad dejemos de verlo de forma parcial, ya como foto-cosmética o ya como restricción-problema para el desarrollo de actividades.

El paisaje vasco debemos verlo como lo que es, el escenario de nuestras relaciones humanas y, a su vez, el reflejo de las mismas. Pero, además es evidente que un paisaje de calidad es un factor de desarrollo de primer orden y un motor de crecimiento responsable. Quizás estemos a tiempo de que el maridaje entre ciudad y naturaleza sea posible. Como decía Aldo Leopold en la última página de su maravilloso libro “Una ética de la Tierra” debemos aplicar las herramientas adecuadas a los problemas planteados. El ponía el ejemplo de la Alhambra que recomendaba restaurar con pincel y bisturí y no con una excavadora. Los problemas de nuestro tiempo en materia de paisaje probablemente necesiten también menos bulldozers y mucha más creatividad, innovación y sensibilidad. Quizás estén ahí las claves del paradigma de la sostenibilidad.

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