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07/11/2017 :: Nacionales E.Herria, Pensamiento

Tesis sobre cambios y prioridades

x Petri Rekabarren
Si algo caracteriza a Lenin es su uso sistemático de la dialéctica materialista en su esencia

Si algo caracteriza a Lenin es su uso sistemático de la dialéctica materialista en su esencia: la unidad y lucha de contrarios como «motor» del movimiento, del cambio dentro de la permanencia y de la necesaria caducidad de lo permanente para dar paso a lo nuevo que, de inmediato, en el mismo instante de su irrupción cualitativa, sufre ya en su interior la lucha entre sus contrarios unidos. 

Este primer párrafo no es un juego de palabras abstrusas ni tampoco es verborrea hegeliana: se quiera reconocerlo o no, el método materialista dialéctico es ya de manera irrefutable la base epistemológica de la praxis emancipadora humana. No existe hoy ningún avance científico, teórico, filosófico, tecnológico, cultural y social que no se sustente en el empleo de la dialéctica materialista, lo diga o no lo diga. Pues bien, aplicando este método, afirmando que solo con su empleo podemos entender qué sucede y por qué, que solo así avanzaremos en la reconstrucción de la estrategia revolucionaria. 

El capitalismo vasco está sufriendo a su modo todas las transformaciones y cambios que con mayor o menor intensidad está imponiendo el capitalismo mundial. Entre la izquierda abertzale circulan textos de debate que analizan estas variaciones. Aquí las sintetizamos en cinco bloques escuetamente desarrollados: 

El primer bloque trata, obviamente, sobre los cambios mundiales del capitalismo. La izquierda abertzale los ha estudiado con detalle, pero el reformismo abertzale lleva bastantes años negándose a oír sus crujidos, sin estudiar sus contradicciones y sin hablar, sin teorizar, sobre ellas, dejando en la intemperie gélida a su base. Durante años hemos analizado minuciosamente el alejamiento de la realidad del reformismo abertzale, su caída en el autismo y nos remitimos a nuestros textos. Lo que ahora resumimos son las reflexiones críticas de la izquierda abertzale, no del reformismo abertzale por la sencilla razón de que no hemos encontrado ningún texto de calidad al respecto:

Por primera vez en su historia, el capital no puede por ahora, y pese a los esfuerzos del Trump felicitado por Bildu, recurrir a otra guerra mundial devastadora y exterminadora que facilite reabrir una nueva fase u onda expansiva. Las cada vez más frecuentes guerras locales, pese a su ferocidad, no consiguen destruir las suficientes fuerzas productivas como para detener, revertir y hacer ascender la tasa media mundial de ganancia, que es de lo que se trata.

Las razones que, por ahora, impiden una nueva guerra mundial no son solo la de la autodestrucción mundial del capitalismo, que también, sino sobre todo el hecho de que las contradicciones entre el imperialismo, los subimperialismos y las potencias medias, reflejan que la producción mundial de valor además de chocar frontalmente con las viejas relaciones de poder imperialista, también está frenada por una sobreproducción gigantesca de mercancías que desborda la capacidad de consumo de la humanidad empobrecida por una impagable deuda mundial, por el descontrol de la masa ingente de capital ficticio y especulativo, por la inmediatez de la catástrofe socioecológica, por el potencial gigantesco de la tecnociencia de destruir trabajo vivo en cantidades casi incalculables, por el agotamiento acelerado de las reservas materiales y energéticas a pesar de los «milagros» que se atribuyen a la cuarta revolución tecnocientífica…

La interpretación reformista de esta crisis, desconocida por su complejidad, es que se trata de una crisis financiera más dura que otras anteriores. Pero no es así. La crisis financiera fue solo la punta del iceberg del sostenido descenso de la tasa media de beneficio desde la década de los años 70, descenso que se mantiene a pesar de los repuntes fugaces, de la sobreexplotación generalizada, del saqueo de la naturaleza, de las desregulaciones y facilidades dadas al capital financiero, de las privatizaciones sin fin, etcétera: nada de esto ha conseguido por ahora reiniciar una nueva expansión prolongada.

La interpretación reformista cree que, al ser una crisis financiera con más o menos problemas puntuales de sobreproducción, subconsumo, debilidad de inversiones productivas, etc., puede resolverse con medidas de control de los «abusos financieros», de inversiones públicas al estilo neokeinesiano, de racionalización de los gastos y de aumento de los salarios, etc. Estas medidas son parches, tiritas que solucionan algunos problemas aislados –Portugal, Islandia, etc.– pero incapaces de acabar con la crisis mundial.

El capital es valor que necesita valorizarse permanentemente, por eso el capital es una relación social de explotación social para producir plusvalor. Muy en síntesis, las crisis muestran que el valor no se valoriza y que la explotación social no produce el plusvalor suficiente porque no es suficientemente dura en intensidad y en duración. Yendo a la raíz del problema, el capital solo tiene una solución efectiva: estrujar lo más posible a las clases y pueblos, a las mujeres, a la naturaleza, y también apropiarse de los capitales obsoletos, no rentables, viejos. Estructural e históricamente, el capitalismo mundial no tienen otras soluciones que estas, soluciones que conllevan en su interior las guerras…

El segundo bloque trata de las formas con las que se presenta esta crisis mundial en Euskal Herria: 

Liquidación del grueso de la base económica sustentada en la tecnología de la segunda revolución industrial, la de los altos hornos, grandes astilleros, metalurgia en general, es decir, la que formó al pueblo trabajador vasco desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970. Una liquidación impuesta no tanto por la lógica interna del capitalismo en su ley de la rentabilidad, cuanto por los intereses políticos del Estado nacionalmente opresor y por los intereses de clase de la burguesía autóctona.

La reducción de las grandes y medianas empresas que son los motores de arrastre de las grandes movilizaciones obreras y populares. Aunque en momentos de la lucha de clases, parece que los conflictos fundamentales se centran en las opresiones que surgen en las áreas de la circulación y realización del beneficio, que siempre generan condiciones de lucha, sin embargo es en la decisiva área de la producción de valor y de la reproducción de la fuerza de trabajo en donde surgen las batallas decisivas. Pues bien, el debilitamiento de las medianas y grandes empresas supone un reto fundamental a superar.

De igual modo, se multiplican las multidivisiones que afectan a la unidad del pueblo trabajador. Sabemos de sobra que la clase trabajadora de «mono azul» está reduciéndose mucho, pero mucha izquierda desconoce aún que en el capitalismo imperialista el «mono azul» es reforzado por el «mono blanco» en la producción de valor, que es de lo que se trata. También se multiplican otras formas de trabajo en los sectores que no producen valor directamente, pero sin los cuales no podría producirse valor, que es de lo que se trata, como decimos.

La precariedad vital es una característica de la vida proletaria, pero en el presente capitalista a la precarización incrementada hay que añadirle el empobrecimiento relativo y absoluto, especialmente de la mujer trabajadora y de la juventud. Junto al empobrecimiento y la precarización actúa el universo expansivo del analfabetismo funcional, que se agranda en la medida en que se acelera la espiral tecnocientífica.

La destrucción deliberada de las formas de vida y reproducción de la fuerza de trabajo al llevarse el capital la producción fuera de las antiguas barriadas obreras y populares desindustrializadas, e incluso al expulsar a poblaciones enteras de sus barrios –gentrificación– para vendérselos a la burguesía, pues bien, estos cambios buscan romper la vital unidad entre la lucha obrera y la lucha vecinal y popular.

A los cambios que hemos expuesto debemos añadir el sinfín de maneras de explotación en, como mínimo, tres áreas: la economía legal, controlable por el fisco, la sumergida e incontrolable y la llamada alegal situada entre ambas y que va en aumento. Como resultado de ello nos encontramos lo que se ha llamado la clase trabajadora globalmente explotable, que alcanza al 80% de la población mundial como media.

Por si fuera poco, las clases medias, que en realidad son franjas trabajadoras con altos salarios y condiciones especiales de explotación, se debilitan y empobrecen en su mayoría, lo que hace que por su anterior ideología sectaria y engreída, giren al centro y a la derecha, o al nihilismo pasota, siendo pocos los que se izquierdizan.

Esta tendencia derechizadora es reforzada por la proletarización de sectores de la vieja y obsoleta pequeña burguesía que no pueden resistir la competencia mundial ni los crecientes costos de las nuevas tecnologías.

La centralización y concentración de capitales a escala mundial también tienen su pequeño reflejo en la burguesía vasca. El incremento de los «nuevos ricos» desde la crisis de 2007 es coherente con lo sucedido en otras crisis porque esta es una de sus características menores.

El tercer bloque de cambios es el que atañe especialmente a la vida cotidiana del pueblo trabajador: 

Ya hemos hablado del empobrecimiento, que tiene efectos demoledores sobre toda la cotidianeidad, y más cuando va unido a la precarización. Ambas reducen el tiempo libre y propio del que hablaremos después, y que es el único que nos permite construir la libertad.

La precarización de la existencia requiere un trato especial, sobre todo cuando va unida al empobrecimiento. Además de reducir el tiempo libre, la precariedad genera inseguridad e incertidumbre, temores que en ausencia de formación política refuerza la sumisión al poder autoritario porque otorga seguridad, protege.

La clase trabajadora globalmente explotable necesita aumentar su tiempo de trabajo aceptando explotaciones varias para mantener sus condiciones de vida siempre en retroceso. La sobreexplotación directa, en el centro de trabajo sea asalariado o no, y/o indirecta, el esfuerzo diario de reciclaje, buscar un empleo, etc., va ocupando todos los segundos de la existencia.

Lógicamente, si la sobreexplotación va ocupando todos los segundos de la vida cotidiana, esa invasión del tiempo burgués –y francoespañol– es a costa del tiempo propio, libre, del pueblo trabajador. Se confunde el tiempo libre con el ocio, con el tiempo de recomposición de la fuerza de trabajo, con el tiempo dedicado a tareas antes realizadas por los servicios sociales y públicos, con el tiempo de traslado de una explotación a otra, etc. Este profundo error dificulta al máximo la praxis de la libertad crítica, que solo puede desarrollar su enorme potencial en el tiempo propio. 

La sobreexplotación requiere de las represiones adecuadas a cada una de sus áreas de materialización, La represión, que aquí simplificamos, es parte de un proceso ascendente, múltiple y que tiende a la totalidad. Lo que ocurre es que muchas de ellas son invisibles porque actúan en lo más íntimo, otras son justificadas por el poder y por el reformismo, otras son normalizadas por la alienación y el fetichismo, de modo que, al final, las mentes sumisas y obedientes se niegan a relacionar el sufrimiento que padecen por las represiones con la lógica represora.

La represión cultural es una de las más efectivas porque la cultura abstracta, pero burguesa y franco-española, es presentada como democrática y tolerante, aunque en realidad se trata de una guerra cultural centralizada estratégicamente por los Estados español y francés, en estrecha conexión con la industria cultura imperialista. La guerra cultural es parte de la guerra psicológica y económica porque el capitalismo ha hecho de su cultura no solo una mercancía sino también un arma opresora.

Uno de los peores efectos de los cambios que estamos sufriendo es el de la desintegración de los espacios de convivencia individual y colectiva del pueblo trabajador. La desintegración de la cotidianeidad, de la vida en el barrio, de las relaciones familiares y en grupo, por efecto de los cambios descritos, supone un arma poderosísima en manos del capital. No hace falta decir que la burguesía está libre de esta situación porque es ella misma la que la planifica y aplica contra el pueblo trabajador, y especialmente contra las mujeres que son las que sufren sus peores consecuencias. 

Un cambio que recorre a muchas sociedades imperialistas es que envejece su población por razones que sería largo de detallar. Cuando la burguesía recorta los derechos sociales, las asistencias públicas, los salarios, etc., las personas de tercera edad, las mujeres mayores, son las que más sufren, pero también las mujeres que tienen la triple jornada laboral –doméstica, asalariada y de cuidados–, todo lo cual tiende a multiplicar las tensiones y frustraciones cotidianas: el conservadurismo social sale reforzado en estas circunstancias si no es combatido en su mismo medio por la izquierda.

La sociedad capitalista vasca probablemente ya habría estallado si los problemas que hemos descritos actuaran al desnudo, crudamente, pero hemos visto que esa sociedad tiene mecanismos internos que anulan la crítica y ocultan las razones de la miseria real, además del miedo a la represión. La teoría del fetichismo es la que mejor explica por qué no se subleva el pueblo explotado, por qué aguanta pasivamente limitándose a votar cada cuatro años y participar en alguna manifestación legalizada al año. Pero la izquierda desconoce la teoría del fetichismo, que también es rechazada frontalmente por la burguesía por su radicalidad explosiva.

La izquierda desconoce la teoría del fetichismo de la mercancía debido al abandono de las lecciones de la lucha revolucionaria. Desde la década de 1970 hasta la de 2000, aproximadamente, la izquierda ha retrocedido acomplejada ante las modas intelectuales burguesas. En Euskal Herria sigue retrocediendo.

El cuarto bloque de cambios es precisamente el relacionado con la dominación ideológica, teórica y cultural burguesa, ante la indiferencia del reformismo abertzale por saber qué es y cómo funciona el capitalismo:

La clase dominante es muy celosa de su monopolio de la producción de ideología, de cultura, de ciencia, de saber en suma. El control del sistema educativo es una prioridad para ella por razones obvias. Este poder intelectual, económico y político, hace que las ciencias sociales estén diseñadas para ocultar la explotación y legitimar al explotador.

El trabajo conjunto de la industria de la propaganda y de la industria del saber burgués se lanzó desde mediados de los años ochenta para desprestigiar todo lo que sonara a socialismo, clase obrera, etc., ofensiva que también lanzó contra el pueblo trabajador vasco. Uno de los objetivos centrales del ataque era imponer la creencia de que no existe una lógica material –la producción de plusvalía– que estructura la sociedad capitalista, que esta carece de centro cohesionador –la acumulación de capital–, que en realidad la sociedad es un puzle caótico de trozos que se agitan por sí mismos: si no existe una fuerza que dirija la sociedad invertebrada, entonces tampoco existe la lucha de clases.

La opresión nacional, la dominación político-cultural de los Estados francés y español, es la que dota de contenido específico de marco nacional de lucha de clases a la fría lógica de la acumulación de capital que rige a nivel mundial. La lucha entre el trabajo y el capital en Euskal Herria, que es la que dota de sentido real a la nación vasca, sin embargo está ausente de las inquietudes de la casta intelectual reformista y burguesa, y es muy débil dentro del reformismo abertzale. El reformismo español no quiere enfrentarse al hecho de que el capital español es él mismo el opresor nacional y el reformismo abertzale ha abandonado cualquier crítica del capital en general porque ello supone criticar a la burguesía vasca en su conjunto, sobre todo a la pequeña y mediana con la que sueña aliarse.

La crítica del capital desde la radicalidad de la izquierda abertzale no se limita a su naturaleza estatal sino también a que cuestiona la totalidad de la civilización del capital tal cual opera en Euskal Herria, es decir, como civilización que destruye la nación vasca mediante la dominación franco-española. Es por esto que solo la izquierda abertzale puede reconstruir en su praxis revolucionaria la cultura popular en su sentido pleno: el reformismo abertzale no puede hacerlo porque ha asumido la ideología burguesa «progresista». Pongamos dos ejemplos: EiTB como muestra de la cultura burguesa y Gara como muestra de la «crítica progresista».

Los instrumentos de dominación cultural que tan rápidamente hemos resumido nos remiten siempre a los Estados opresores como centralizadores estratégicos de las represiones tal cual se exponen en este texto. La sistemática oposición de los Estados, sea abierta o disimulada según sus intereses, tiene como único objetivo derrotar al independentismo socialista. Las débiles y no esenciales protestas del reformismo abertzale en esta problemática crucial solo sirven para enturbiar y confundir las conciencias del pueblo trabajador. 

Y el quinto, y último, bloque es el de los cambios en las fuerzas sociopolíticas para adecuarse a los cambios del capitalismo mundial y vasco:

Las burguesías autóctonas de Iparralde, Nafarroa y Vascongadas han optado decididamente por el capitalismo en su fase actual, mal llamada neoliberal, lo que refuerza aún más su simbiosis con los Estados español y francés, pero también con la Unión Europea, lo que es una realidad cualitativamente nueva. Introducimos a las medianas y la casi totalidad de las pequeñas burguesías en la misma aceptación y sobre todo en la identificación absoluta con la Unión Europea. Esta es una de las razones por las que el reformismo abertzale no se atreve a criticar a la Unión Europea.

Solo una muy reducida parte de la pequeña burguesía se ha resistido a no ser engullida por los cantos de sirena de la Unión Europea, que es el «nuevo dorado» con el capital ha dado excusas a las burguesías autonomistas y regionalistas, y al reformismo en todas sus gamas, para claudicar precisamente ahora cuando se recrudece la crisis sistémica.

En Hegoalde las fuerzas españolistas están unidas en la defensa de su Estado, aunque varían ligeramente en los métodos: muy duros los del PP-UPN, duros por ahora los del PSOE que volverán a ser salvajes como otras veces cuando sea necesario, e hipócritas y cínicos los de Podemos mientras que no tengan que salir abiertamente en defensa de España. Sobre IU no merece la pena hablar. El mito de la Unión Europea les otorga una gran baza propagandística y de poder, como se está demostrando con la represión desatada contra Catalunya.

Estas adaptaciones a las nuevas realidades no son oportunistas ni pasajeras, son incondicionales y absolutas como lo fueron anteriormente, en las fases capitalistas precedentes. La diferencia del ahora con respecto al pasado es que ahora el capitalismo no concede ya rendija alguna para las veleidades democraticistas de las medianas y pequeñas burguesías de los Estados débiles, como lo ha demostrado el caso de Grecia, y la situación empeora cualitativamente para estas fracciones de clase de la burguesía que no tienen Estado propio que les proteja, como ocurre en estos días con Catalunya.

Los cinco bloques expuestos nos permiten, pese a su brevedad, exponer las siguientes ideas:

A diferencia de la crisis del franquismo, de 1974–1978, la actual tiene contenidos y formas nuevas que, en contra de lo que cree el reformismo, confirman la base teórica dura de la izquierda revolucionaria y además muestran cómo se están agudizando las contradicciones capitalistas más allá de lo que se sospechaba que podría llegar a serlo hace un tercio de siglo. Desde finales del siglo XIX quedaron claras las tres diferencias absolutas entre reformismo diario y praxis revolucionaria, y desde mediados del siglo XX se han agudizado otras tres crisis que separan frontalmente al reformismo diario con la praxis revolucionaria:

La sociedad capitalista vasca se sustenta sobre la explotación social, opresión nacional y dominación patriarco-burguesa de la mujer trabajadora dentro del capitalismo mundial. Las burguesías autóctonas viven gracias a esa explotación. La izquierda revolucionaria sostiene que la explotación vertebra la sociedad, el reformismo suaviza, relativiza la explotación o incluso el reformismo más débil niega directamente la existencia de la explotación. El reformismo niega la teoría marxista de la plusvalía, de la ley del valor, del valor, del capitalismo.

La sociedad capitalista vasca se sustenta en la ocupación militar ejercida por los Estados español y francés, con el apoyo decisivo de la OTAN y, a otra escala, de las fuerzas represivas prestadas por los poderes decisivos. La izquierda revolucionaria sostiene que el capitalismo vasco es un capitalismo militarizado en su esencia, y sobrevive gracias a la violencia opresora directa y/o preventiva en la cotidianeidad del y contra el pueblo trabajador. El reformismo niega esta realidad, escapándose de todo debate al respecto. El reformismo niega la teoría marxista del Estado, de la democracia y de la violencia.

La sociedad capitalista vasca se sustenta sobre la ideología burguesa, sobre su individualismo metodológico, sobre la lógica formal, sobre la casta intelectual asalariada que fabrica las justificaciones de la «ciencia social» funcionales al capital, sobre la industria cultural imperialista expresada mediante EITB y otros medios regionalistas… La izquierda revolucionaria sostiene que estos medios están ideados para ocultar y falsear las contradicciones sociales. El reformismo cree que los medios y la ideología son más o menos «neutrales», cree que las «ciencias sociales» no son burguesas sino «científicas», no entra al debate entre lógica formal y lógica dialéctica, entre idealismo y materialismo. El reformismo niega la teoría marxista del conocimiento, de la praxis.

La sociedad capitalista vasca se sustenta sobre un capitalismo depredador, carnicero y consumista que mercantiliza la vida y ha desatado ya la sexta extinción de la vida en la historia del planeta.
Desde mediados del siglo XX y en especial desde la crisis de finales de los años sesenta, esta dinámica irracional se ha disparado de manera incontenible, sobre todo con el impulso político dado por el imperialismo a la liberalización total del capital financiero, especulativo y ficticio desde la mitad de la década de 1980, para desatascar la crisis iniciada veinte años antes. La izquierda revolucionaria sostiene que esta deriva ecocida surge de la esencia del modo de producción capitalista y se sostiene en ella, de manera que el presente y el futuro de Euskal Herria es parte de este desquiciamiento, lo que hace urgente la lucha radical contra el ecocidio cotidiano. El reformismo suaviza esta tragedia, o se escapa de ella atemorizado de que la lucha radical contra la sexta extinción le suponga pérdida de votos. El reformismo supedita así el valor emancipador de la ciencia-crítica al posibilismo electoralista.

La sociedad capitalista vasca se sostiene sobre la aguda diferencia y oposición, y apenas algunas contradicciones secundarias, entre el poder político del capital financiero mundializado y el poder político de la Unión Europea como área de acumulación del capital financiero europeo y de los sobrebeneficios que obtiene con el euroimperialismo. Las burguesías autóctonas asumen la Unión Europea y la OTAN como necesidades insustituibles para ellas, y por tanto a los Estados español y francés subsumidos en la Unión Europea. La izquierda revolucionaria sostiene que la causa de estas nuevas cadenas no es otra que la ley objetiva a la centralización y concentración de capitales, lo que imposibilita cualquier tesis reformista de que la independencia burguesa es posible: no lo es ni incluso fuera de la Unión Europea porque la mundialización de la ley del valor y la objetividad de la ley de concentración y centralización de capitales lo impiden. La izquierda revolucionaria sostiene que la independencia solo es posible sobre la base de un poder popular dirigido al socialismo. El reformismo rechaza todo debate sobre la Unión Europea porque sabe que su conclusión es única: defender desde ahora la salida inmediata de la Unión Europea.

Por último, la sociedad capitalista vasca se basa en el papel central del militarismo imperialista como única salida extrema del capital a su crisis. La posibilidad de una catastrófica escalada bélica incontrolable es mayor ahora que hace setenta años. La industria vasca de armamento es muy importante y está interesada en que, como mínimo, de mantenga la actual tensión caótica. La izquierda revolucionaria sostiene que la militarización del capital empezó ya con el siglo XVIII, que va unida al Estado y a la acumulación de capital, y que se acrecienta con la sucesión de crisis. El reformismo se encuentra también atrapado en sus incongruencias cuando se enfrenta a esta realidad: ¿cómo combatirla? El pacifismo electoralista ha fracasado siempre.

Las lecciones acumuladas en las experiencias de Quebec, del Plan Ibarretxe en la CAV, de Grecia, de Escocia y ahora mismo de Catalunya, son concluyentes. Todas ellas han surgido en el capitalismo imperialista: Canadá y la Unión Europea, y a lo largo del ciclo de cambios que aquí analizamos, por lo que sus lecciones son válidas:

El capitalismo dispone de medios de alienación, cooptación y represión suficientes como para romper la inicial unidad interclasista, separar a los sectores burgueses de los obreros y populares, sobornar y atemorizar a los primeros y desilusionar, dividir y atemorizar a los segundos. El capitalismo tiene una coherencia interna que impone la disciplina a las medianas y pequeñas burguesías que, por razones diferentes, quieren construir sus propios Estados, demostrándoles que para ellas es mejor mantenerse dentro de los Estados dominantes, que arriesgarse a la fuga de capitales y a la lucha de clases interna.

El reformismo abertzale se enfrenta a una situación que había negado y que sigue negando: la existencia de un capitalismo con una implacable disciplina internacional que hace que las burguesías débiles acepten su lugar en la jerarquía imperialista. El reformismo abertzale no puede basarse en estos ejemplos para intentar demostrar la razón de su deriva y tampoco puede recurrir al ejemplo de Irlanda y del IRA porque allí sí se logró un acuerdo como garantía de futuros pasos –al margen ahora de otras valoraciones críticas más extensas que superan los límites de este texto–, mientras que aquí no se ha conseguido ni siquiera algo lejanamente parecido a los Acuerdos de Viernes Santo.

La agudización de estas y otras contradicciones marcan una nueva intensidad en el devenir capitalista. Como sucede en estos casos, la desorientación golpea con dureza a la izquierda, sobre todo si es dogmática, de manera que un gran sector de ella gira más o menos rápidamente al reformismo, otro sector más reducido se enroca en su dogmatismo y solo un sector muy reducido se esfuerza por comprender qué ha sucedido:

El reformismo abertzale no ha podido ni querido enfrentarse a los cambios descritos. No queremos perder ahora tiempo repitiendo lo que llevamos diciendo en los últimos años: desde mediados de los años noventa, bajo los golpes represivos contra el «entorno civil», tras el hundimiento de la URSS y las modas post, se inició el giro reformista imparable hasta ahora, con la rendición de armas al imperialismo, con el abandono a su suerte de mucha militancia encarcelada y exilada, y con la próxima liquidación definitiva a petición de la llamada «sociedad civil».

El dogmatismo abertzale se ha quedado anclado en la añoranza de un pasado heroico que debemos asumir y honrar, pero que debe elevarse a la altura de las nuevas tareas tras bucear crítica y autocríticamente en los cambios que se están produciendo. Produce tristeza ver cómo este dogmatismo apenas se autocrítica, rechaza todo intento de actualización, ve con desconfianza la irrupción del poder juvenil y tiene dificultades para evitar el personalismo dirigista.

La izquierda abertzale que no ha sido fagocitada por el sistema se enfrenta a la urgencia de conectar con la nueva militancia joven formada en la última década, justo cuando se inició el giro al reformismo. Por un lado, la izquierda crítica se esfuerza por investigar qué sucede y porqué, y cómo poner esos conocimientos a disposición de las nuevas luchas; y por el otro lado, la nueva militancia vive ya en un mundo cotidiano marcado por los cambios descritos, con un presente y con una perspectiva de futuro cada día más difícil de entender para el reformismo y para la izquierda dogmática, que envejece mentalmente día a día.

La izquierda abertzale en su conjunto, el sector dogmático y el crítico, se enfrenta al mayor peligro de todos: no superar sus propios fantasmas. Queremos decir que la urgente necesidad de construir la organización revolucionaria está sufriendo retrasos injustificables tanto por la tardanza en estudiar los cambios que se están produciendo y lanzar alternativas revolucionarias, cosa a la que ha renunciado el reformismo abertzale; como por la repetición de formas de actuar lógicamente rechazadas por la juventud militante y por sectores de militancia con experiencia que con razón se niegan a repetir errores dañinos.

Concluyendo, hace alrededor de dos años pusimos la fecha de 2017 como el plazo máximo para dar contenido y forma a la nueva organización revolucionaria. Es incuestionable que hemos avanzado en algunas cuestiones, pero también ha habido estancamientos y retrocesos en otras que nos están haciendo perder el tiempo, que nos están mareando y desorientando, y que debemos superar cuanto antes.

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