Nacionales E.Herria :: 30/08/2013
Tiburones asesinos
No se porqué, pero me ha venido a la mente Jonan Fernández y sus interpelaciones a la izquierda abertzale.

Aprendí a nadar de muy pequeño. Pese al paso del tiempo, recuerdo dos tácticas usadas por el monitor que desde luego resultaron muy eficaces. Una era el juego del “indio y el vaquero”. El profesor simulaba que su brazo era una hacha que nos iba a cortar la cabellera y al lanzarlo directamente contra nuestras cabezas nos agachábamos, sumergíendo la cabeza en el agua sin pensárnoslo dos veces. Otra era “la del tiburón”. Cuándo nos pasaron de la piscina donde hacíamos pie, “a la grande”, al parecer, cuando nos metíamos al agua nos advertía que soltaba un tiburón, lo cual conseguía que hiciéramos largos a velocidad máxima de crucero. Sin duda hubiéramos traído a Euskal Herria la medalla de oro olímpica infantil en todas las modalidades de natación. Pero ya se sabe que las selecciones vascas no son oficiales.
Ayer saltó una noticia que no suele ser común por estos lares. Un arrantzale de Ondarroa resultó herido de una mordedura de tiburón cuando faenaban cerca de las landas. Afortunadamente la herida no fue de especial gravedad y ya ha sido dado de alta sin mayores consecuencias.
En alguna prensa hemos podido leer cierto tono sensacionalista y titulares en torno al “ataque del tiburón”.
En la antigüedad apenas se sabía nada de los tiburones. Prácticamente solo se tenía constancia de ellos porque a veces aparecían muertos en las playas y de vez en cuando se les veía cuando emergían para comer. Y por si alguien tiene dudas, no, en la agenda de ningún tipo de tiburón está la caza de la especie humana.
No fue hasta 1916 cuando se empezó a crear la leyenda negra sobre los tiburones “come-hombres” debido a que en New Jersey (EEUU) se produjeron una serie de incidentes y la reacción a ello ocasionó una oleada de pánico que se tradujo en una caza de tiburones para erradicarlos. Eso quedó marcado en la “cultura popular” estadounidense y en ello se inspiró la novela de de Peter Benchley de 1974, Tiburón, la historia de un gran tiburón blanco que acechaba malvadamente al supuesto pueblo costero de Amity. La novela se convirtió en la fantasiosa e influyente película de 1975, Tiburón, de Steven Spielberg. Y así es como se van creando los falsos mitos.
El mar sigue siendo el territorio más inexplorado así como muchas de las criaturas que lo pueblan. El tiburón por tanto se convirtió en la cabeza de turco idónea para explotar el miedo a lo desconocido. El cine, la literatura, y un aspecto imponente hizo el resto.
Lo cierto es que por cada humano muerto por un tiburón, el humano mata aproximadamente dos millones de tiburones. Las posibilidades de morir de gripe son 1 entre 63, por una caída es de 1 entre 218, mientras que las de muerte debido a un tiburón son de 1 entre 3,700,000. El tiburón es una especie en extinción y acechada, no por nadie que tenga su hábitat natural en los océanos.
Ahora bien, los tiburones son supervivientes. Saben defenderse y saben atacar. Habitualmente no atacan humanos salvo por mera confusión de identidad y rápidamente cuando se cercioran los abandonan. Si entras en su territorio y te ven como amenaza, o les provocas es mejor tener cuidado.
No ha habido tal “ataque de tiburón” en el caso del arrantzale de Ondarroa. Ha sido el tiburón el atacado y simplemente se ha defendido como buenamente ha podido.
No se porqué, pero me ha venido a la mente Jonan Fernández y sus interpelaciones a la izquierda abertzale. Posiblemente Jonan solucionaría el tema de los tiburones metiéndoles en un acuario y haciéndoles abjurar de sus dientes afilados que son fruto del proceso evolutivo de adaptación al entorno, pero seguramente sería más sencillo el cese de la persecución del tiburón, el respeto a los hábitats y que la armonía y el equilibrio de la naturaleza haga el resto. Aunque teniendo en cuenta que el PNV cobra por las entradas en el acuario va a ser difícil que Jonan cambie de opinión.







